Por Michael Campbell, PhD.

Durante el periodo escolar de 1967 y 1968, Billy Wright, un joven negro, decidió asistir al Southwestern Junior College en Keene, Texas.[1] Su familia se había convertido recientemente en Adventistas del Séptimo Día y Wright sintió un claro llamado al ministerio. Eligió esta escuela adventista, históricamente blanca, porque quería estar más cerca de su casa. A pesar de una serie de obstáculos, fue capaz de mantenerse firme y superar académicamente a sus compañeros blancos. Wright, un individuo intrépido, perseveró a pesar de los consejos del departamento de religión, que le aconsejaban que dejara la carrera de teología.

Cuando estas tácticas para desanimar a Wright no funcionaron, una turba de la fábrica de muebles intentó impedirle ganar dinero para pagar su colegiatura. Como eso tampoco consiguió amedrentarlo,el grupo local del Ku Klux Klan mantuvo una cruz ardiendo frente a la ventana de su dormitorio. Posteriormente, alguien intentó, sin éxito, colocar bombas de tubo en su dormitorio. Wright creía que era la providencia de Dios que sobreviviera como uno de los cuatro estudiantes afroamericanos que integraron esta escuela adventista históricamente blanca.[2]

La valentía y la determinación de Wright no fueron ciertamente únicas en la época de los derechos civiles. Los estudiantes de otras universidades cristianas también desafiaron a las administraciones, que estaban decididas a preservar la supremacía blanca.[3] La mayoría de los evangélicos blancos del sur defendían la segregación como algo correcto y bíblico.[4] Una vez que el Servicio de Impuestos Internos (por sus sigas en ingles IRS) revocó en la década de 1970 el estatus de exención de impuestos de la Universidad Bob Jones porque seguían segregando a los negros, los directores financieros, incluyendo a Jerry Falwell (1933-2007), James Robison (nacido en 1943) y Tim LaHaye (1926-2016), cambiaron los temas de la segregación racial por los del aborto en la fundada Coalición Cristiana.[5]

Lo que no es tan conocido, pero probablemente no debería sorprender, es que la mayoría de los colegios y universidades adventistas en Norteamérica se resistieron de igual manera a la integración racial y la inclusión de estudiantes negros. Los testimonios sugieren que había grupos activos del KKK y ceremonias de quema de cruces en otros campus universitarios adventistas. La falta de diversidad en el profesorado, los comedores universitarios separados y la prohibición novios interraciales eran otros indicios de la segregación racial.

Al mismo tiempo, los líderes de la denominación en la Asociación General se aferraron todo lo que pudieron al comedor segregado racialmente, y desanimaron a los pastores adventista a participar en las marchas por los derechos civiles.[6] Esto no impidió que algunos participaran, como han documentado varios historiadores de la iglesia adventista.[7] Este legado se mantendría, y algunas iglesias adventistas del Sur de Estados Unidos continuaron proporcionando pagos mensuales a los grupos locales del KKK hasta la década de 1980.[8]

El Adventismo del Séptimo Día, como movimiento al margen de la sociedad estadounidense, llegó muy lejos desde sus inicios abolicionistas. Los primeros adventistas sabatarios (los que formaron el núcleo de la denominación que se organizó oficialmente en 1863) nacieron y se criaron en la retórica antiesclavista.DFDFDFDFD

Manual para iniciar en el Ku Klux Klan y el ABC de la membresía. Cortesía del Briscoe Center for American History, Universidad de Texas en Austin.

Tanto Jaime White como Ellen White denunciaron la esclavitud en los términos más enérgicos posibles, y Ellen White escribió a los creyentes, por ejemplo, para que rompieran la Ley de Esclavos Fugitivos de 1850. El primer presidente de la Asociación General, John Byington (elegido en 1863 en medio de la Guerra Civil), era bien conocido por su abolicionismo, y el historiador Brian Strayer se ha esforzado por descubrir su participación en el Ferrocarril Subterráneo (una red clandestina que ayudaba a escapar a esclavos fugitivos de las plantaciones sureñas).[9]

En vísperas de la Guerra Civil, James proclamó con valentía que “hasta el último hombre” votó por Abraham Lincoln y permaneció unido en su oposición a la esclavitud y que retener a los esclavos era motivo de expulsión.[10] Se puede entender por qué, incluso durante el apogeo del renacimiento millerita de la década de 1840, las noticias sobre el Segundo Advenimiento de Cristo liberando a los esclavos no fueron bien recibidas en el Sur de Estados Unidos.[11]

En los últimos años, los historiadores adventistas han contextualizado parte de esta resistencia radical a la luz del entorno social y político más amplio. Kevin Burton, en su trabajo doctoral, por ejemplo, demostró que los primeros líderes adventistas milleritas y sabatarios eran bastante radicales. Incluso durante el renacimiento millerita de la década de 1840 hubo una serie de predicadores negros que proclamaron con audacia el inminente regreso de Cristo.

El ministerio visionario de un predicador bautista del libre albedrío, William Foy, fue presenciado y apreciado por la entonces Ellen Harmon (más tarde White). Ellen, por su parte, expresó un importante aprecio por el ministerio de Foy. Cada uno de ellos escapó en diferentes ocasiones de la violencia de la multitud como visionarios del Adviento. Otros milleritas negros, como Eri L. Barr, viajaban con ministros blancos -un hecho del que sólo se ha tenido noticia hace muy poco-.[12]

A los milleritas de esa época, no parecía preocuparles que un ministro negro y otro blanco celebraran juntos reuniones de evangelización, y nadie dentro del adventismo discutía el color de su piel. Incluso los primeros números de The Present Truth (publicado por primera vez en 1849), la publicación periódica fundadora del adventismo sabatario, se imprimieron en una imprenta abolicionista.

Un siglo más tarde, el Adventismo del Séptimo Día, un movimiento acunado en el abolicionismo, se volvería recalcitrante contra el Movimiento de Derechos Civiles. Entonces, ¿cómo se transformó en un siglo un movimiento fundado por ardientes líderes abolicionistas hasta el punto de que algunos líderes, al menos, participaron activamente en el Ku Klux Klan e incitaron a la violencia racial?

Aunque este cambio en las relaciones raciales ha sido hábilmente documentado por varios historiadores adventistas, sobre todo por Calvin B. Rock en Protest and Progress (Andrews University Press, 2018), este artículo trata de problematizar esta narrativa examinando un capítulo bastante olvidado de la historia adventista del séptimo día entre 1915 y 1925, durante el apogeo de lo que describo como fundamentalismo adventista. Estos amplios cambios culturales no fueron exclusivos del adventismo. Mark A. Noll lo describiría además como una época en la que “en la parte baja del Medio Oeste y en la parte alta del Sur, esta misma religión hereditaria apoyó el resurgimiento del Ku Klux Klan y su deseo de mantener el poder estadounidense en manos de los protestantes blancos”.[13]

De este modo, el auge de la segunda oleada del KKK coincidió con el aumento de las tensiones raciales. “Las actitudes raciales cobraron fuerza en las iglesias a lo largo de la década de 1920”, escribe Philip Jenkins.[14] De este modo, la segunda oleada del Ku Klux Klan, durante finales de la década de 1910 y principios de la de 1920, muestra este mismo tipo de punto de quiebre en las relaciones raciales adventistas. Al igual que algunos fundamentalistas (por ejemplo, el declarado J. Frank Norris se convertiría en un partidario particularmente abierto del Klan), de manera similar, algunos adventistas se verían arrastrados por este movimiento de nacionalismo cristiano.

El fundamentalismo adventista

El movimiento fundamentalista histórico ha sido definido y discutido de diversas maneras. Para los fines de este artículo, use la definición de George Marsden de que es un antimodernismo militante. O, como él ha bromeado, un “evangélico que está enojado por algo”. Otros historiadores se han basado en esta definición y la han criticado, señalando que se trata tanto de una actitud o perspectiva simplista. La investigación más reciente de Matthew Avery Sutton ha revivido la tesis de Ernest R. Sandeen sobre el apocalipsis premilenial como la fuerza impulsora del Fundamentalismo. Y por supuesto, varios individuos, incluyendo a Nancy Murphey y B. M. Pietsch, han notado la ironía de que estos Fundamentalistas históricos estaban usando los mismos fundamentos epistemológicos modernistas para reconciliarse con el mundo que los rodeaba, el cual sí estaba cambiando.

En este artículo, sostengo que los Adventistas del Séptimo Día formaron parte de estos animados debates y, para bien o para mal, se vieron a sí mismos como Fundamentalistas en esta guerra contra el modernismo teológico.

Un aspecto resaltante que vincula al adventismo y al fundamentalismo sería, de hecho, escatológico. Durante la Primera Guerra Mundial, los líderes adventistas asistieron a todas las conferencias proféticas celebradas por los que más tarde se conocerían como los fundamentalistas e informaron sobre ellas como algunos de los acontecimientos más significativos de la historia cristiana, clasificados en importancia con las Noventa y Cinco Tesis de Lutero. Sus informes en la Review and Herald están teñidos de un poco de celos al preguntarse por qué estos cristianos conservadores estaban haciendo tan bien en atraer la atención del “mundo” hacia el inminente regreso de Cristo.

Sin embargo, se trató de una relación amorosa unilateral. Como he documentado en otro lugar, los editores de The Fundamentals: A Testimony for the Truth (1910-15) habían debatido entre ellos si debían incluir a los Adventistas del Séptimo Día, junto a los mormones y los Testigos de Jehová en su tratado contra las sectas. Al final, optaron por no mencionarlos en absoluto (en gran parte debido a la intervención de Lyman y Milton Stewart, los hermanos que financiaron el proyecto).

A pesar de estas reservas por parte de estos fundamentalistas, A. G. Daniells, organizador de la Conferencia Bíblica Adventista de 1919 (modelada a partir de estas conferencias proféticas), declararía que los adventistas son los “fundamentalistas de los fundamentalistas”. Los adventistas empezaron a adoptar estas ideas radicales con su propio esquema único de fundamentalismo adventista.

Fotografía tomada por el autor que muestra una túnica del Ku Klux Klan de los años 20, expuesta en la colección del Museo de los Derechos Civiles de Mississippi

 

Los adventistas que buscaban ser respetados socialmente en los ámbitos religiosos estadounidense, se dirigieron a otro grupo inter-confesional: los fundamentalistas, que estaban perdiendo espacio en el mundo religioso estadounidense. Sus críticas cada vez más enérgicas contra el modernismo, junto con la guerra interna en varias denominaciones, no dividirían a la Iglesia Adventista del Séptimo Día del mismo modo que otras denominaciones. Una década antes, aquellos con una tendencia teológica más independiente (y a veces liberal), como el Dr. John Harvey Kellogg entre otros, se vieron empujados fuera de la denominación. Los adventistas se salvaron de una división eclesiástica porque los líderes del movimiento adventista, especialmente después de la muerte de Ellen White en 1915, hasta la Conferencia Bíblica de 1919 y más allá en la década de 1920, se consideraban fundamentalistas.

Una mirada interpretativa útil para entender el fundamentalismo adventista es quizás la de un continuo entre los que se veían a sí mismos como más abiertos al cambio, frente a los tradicionalistas que abrazaban una mentalidad mucho más conservadora que incluía un intento de moverse hacia la inerrancia.[15] Esta secuencia es útil para entender al adventismo; porque el fundamentalismo adventista estaba lejos de ser monolítico. El adventismo era paralelo al movimiento fundamentalista más amplio, ya que tenía un enemigo común, el modernismo teológico; gran parte de las luchas internas se centraban en la naturaleza, la inspiración y la autoridad de los escritos de Ellen G. White. Ahora que ella ya no estaba viva, los debates hermenéuticos adventistas se centraron en la interpretación de sus escritos.

El adventismo adoptó un fundamentalismo militante desde la Primera Guerra Mundial hasta la década de 1920. Esta vinculación en reacción al modernismo tuvo un profundo impacto en el adventismo del séptimo día en cuanto a su actitud hacia la raza y el género. En 1910 había cerca de 1.000 mujeres empleadas de la iglesia, incluidas algunas pastoras, pero en 1930 sólo quedaba un puñado.[16] Durante este periodo, los adventistas también empezaron a usar de forma selectiva unas cuantas citas de Ellen White, que ella escribió al final de su vida, que trataban sobre las luchas raciales en el Sur de Estados Unidos y la necesidad de no empeorar la situación permitiendo temporalmente la segregación, como norma para las relaciones raciales adventistas en el siglo XX.

Algunos de los fundamentalistas adventistas más partidarios y conservadores, comenzaron a articular una nueva teología de la segregación. En particular, J. S. Washburn, que era un evangelista blanco en Washington, DC, se oponía al predicador negro, mucho más popular, Lewis C. Sheafe. El presidente de la Asociación General, A. G. Daniells, abrió el camino utilizando a estos dos pastores como modelos para el adventismo del siglo XX. Las políticas de Daniells resultaron en la ruptura de una iglesia racialmente integrada en Washington, DC, creando nuevas tensiones raciales.

La Asociación General invirtió dinero en el evangelismo y la iglesia de Washburn, y sólo dio un pequeño aporte financiero a la labor de Sheafe y su congregación. Finalmente, Sheafe abandonaría el adventismo, y el dolor causado allanó el camino para las posteriores Asociaciones Regionales que se iniciaron dentro del adventismo del séptimo día en la década de 1940.[17] Washburn, que se consideraba un conservador de línea dura y guardián de los escritos inerrantes de Ellen White, produjo una de las retóricas más racistas y viles de la historia adventista.

En medio de este debate, Arthur W. Spalding escribió su manuscrito, Lights and Shades in the Black Belt, en el que describe con detalle los beneficios de la segregación. Esta redefinición de Ellen White puede verse en la representación de Jesús por parte de Ellen White. Como sostienen Edward J. Blum y Paul Harvey en The Color of Christ (2012), en el siglo XIX Ellen White se mantuvo firme en la descripción de Jesús de color “claro”, no blanco.[18] Pero, a principios del siglo XX, surgieron nuevas tradiciones que afirmaban que Ellen White consideraba que una pintura de un Jesús blanco era la más exacta semejanza a la imagen de Jesús que había visto en visión.[19] Esta redefinición de Jesús como blanco, a través de Ellen White, es muy reveladora de este mismo tipo de transformación en términos de raza y género que se produjo durante la década posterior a su muerte.

Este artículo demuestra además que fue una lectura conservadora y selectiva de Ellen White, reforzada por una visión inerrante de su autoridad, la que hizo posible que sus escritos se usaran eficazmente para discriminar a los negros y a las mujeres, especialmente durante la década de 1920, el apogeo del fundamentalismo adventista. Esto puede verse con mayor claridad en las interacciones de los adventistas con la segunda ola del Ku Klux Klan, con especial atención a los años 1920 a 1925.

Traducido y editado por Daniel A. Mora, B.Th, Editor para AToday Latinoamerica. 

Nota del editor: Este artículo fue publicado en Spectrum, vol. 50, no. 1. Publicado en español por AToday, con aturoización

Michael W. Campbell es profesor de religión en la Southwestern Adventist University. Recientemente ha sido nombrado como el nuevo Director de Archivos, Estadísticas e Investigación de la División Norteamericana de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Su nuevo libro, 1922: The Rise of Adventist Fundamentalism, ya está disponible. .

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Notas bibliograficas 

[1] Una versión anterior de este artículo fue presentada en la American Society of Church History, el 9 de enero de 2022. Agradezco a una variedad de eruditos que han aportado información y enriquecido este artículo. Estoy especialmente en deuda con varios eruditos adventistas, Gilbert M. Valentine, Jonathan Butler, Ron Graybill y Lawrence Geraty, por sus aportaciones como parte de su grupo de lectura. Un agradecimiento especial a Matthew J. Lucio, del Podcast Adventist History, por sus comentarios constructivos. Gracias también a Benjamin Baker y Kevin M. Burton por su ayuda en la localización de fuentes. También agradezco al personal de los archivos de la Colección de Historia de Texas de la Universidad de Baylor y de las colecciones especiales de Austin por su ayuda en la localización de materiales del Ku Klux Klan, en sus colecciones. Un agradecimiento especial a la subvención Sicher para el desarrollo de la facultad de la Universidad Adventista del Suroeste, que hizo posible el viaje a estos archivos.

[2] Basado en una entrevista de Buster Swoopes, Jr. con Billy Wright, Southwestern Adventist University Martin Luther King, Jr., Day Assembly, 20 de enero de 2020.

[3] Cf. J. Russell Hawkins, The Bible Told Them So: How Southern Evangelicals Fought to Preserve White Supremacy (New York: Oxford University Press, 2021).

[4] Hawkins, The Bible Told Them So, 5.

[5]  Para una revision amplia de como evolicionó el tema, véase Randall Balmer, Bad Faith: Race and the Rise of the Religious Right (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 2021).

[6] F. D. Nichol, “Unity in the Faith,” Review and Herald, 29 de abril de 1965, 12. Nichols citó un “enfoque distintivo adventista” sobre las marchas por la libertad, explicando que los adventistas deberían evitarlas; Calvin Rock, e-mail al autor, 22 de enero de 2022.

[7] Samuel G. London, Jr., Seventh-day Adventists and the Civil Rights Movement (Jackson, MS: University Press of Mississippi, 2010); Calvin Rock, Protest and Progress: Black Seventh-day Adventist Leadership and the Push for Parity (Berrien Springs, MI: Andrews University Press, 2018).

[8] Un correo electrónico de un líder de la División Norteamericana, bajo condición de anonimato, documenta la lucha, hasta bien entrada la década de 1980, de algunas congregaciones adventistas en el sur de Estados Unidos que continuaron prestando apoyo financiero al Ku Klux Klan. Correo electrónico en posesión del autor.

[9] Brian E. Strayer, First General Conference President, Circuit-Riding Preacher, and Radical Reformer (Nampa, ID: Pacific Press, 2018).

[10] James White, “The Nation,” Review and Herald, 12 de Agosto, 1862: 84, https:// documents.adventistarchives.org/Periodicals/RH/RH18620812-V20-11.pdf.

[11] Robert W. Olson, “Southern Baptists’ Reactions to Millerism,” (Tesis de doctorado, Southwestern Baptist Theological Seminary, 1972).

[12] Stanley D. Hickerson, “Was Eri L. Barr the First Black Adventist Minister?” Adventist Review, 07 de abril, 2015, https://adventistreview.org/news/was-eri-l.-barr-thefirst-black-adventis… véase también, Benjamin Baker, Encyclopedia of Seventh-day Adventism, s.v. “Barr, Eri L.,” https://encyclopedia.adventist.org/article?id=8CDT [accessed 1/23/22].

[13]Mark A. Noll, A History of Christianity in the United States and Canada, 2nd ed. (Grand Rapids, MI: William B. Eerdmans, 2019), 365.

[14] Philip Jenkins, The Great and Holy War: How World War I Became a Religious Crusade (New York: HarperOne, 2014), 211.

[15] La idea la tome prestada de Geoffrey R. Treloar, The Disruption of Evangelicalism: The Age of Torrey, Mott, McPherson and Hammond, A History of Evangelicalism, vol. 4 (Downers Grove, IL: IVP Academic, 2017). Para un analisis, véase mi reseña critica en Andrews University Seminary Studies 56, no. 1 (Spring 2018): 218–220.

[16]Bertha Dasher, “Leadership Positions: A Declining Opportunity?,” Spectrum 15, no. 4 (December 1984): 35–37; Patrick Allen, “The Depression and the Role of Women in the Seventh-day Adventist Church,” Adventist Heritage 11, no. 2 (Fall 1986): 48–54; Bertha Dasher, “Women’s Leadership, 1915–1970: The Waning Years,” en A Woman’s Place, ed. Rosa Taylor Banks (Hagerstown, MD: Review and Herald, 1992), 75–84; Kit Watts, “The Rise and Fall of Adventist Women in Leadership,” Ministry 68, no. 4 (April 1995): 6–10; Kit Watts, “Moving Away from the Table: A Survey of Historical Factors Affecting Women Leaders,” en The Welcome Table, eds. Patricia A. Habada and Rebecca Frost Brillhart (Langley Park, MD: TEAMPress, 1995), 45–59; Laura L. Vance, Seventh-day Adventism in Crisis: Gender and Sectarian Change in an Emerging Religion (Urbana, IL: University of Illinois Press, 1999).

[17] Esta historia ha sido hábilmente documentada por Douglas Morgan, Change Agents: The Lay Movement that Challenged the System and Turned Adventism Toward Racial Justice (Oak & Acorn Publishing, 2020).

[18] Edward J. Blum and Paul Harvey, The Color of Christ: The Son of God and the Saga of Race in America (Chapel Hill, NC: University of North Carolina Press, 2012), 84.

[19] Véase esta entrada de Adventist Sabbath Studies (blog), que cita fuentes de los años 30 sobre cómo está tradición se desarrolló: https://sermonsandstudies.wordpress. com/2012/06/25/painting-of-jesus/ [accessed 1/3/22]. Esto también se basa en la experiencia de trabajar para el White Estate a partir de la tradición oral recogida durante la década de 1990.