Por Jim Wibberding  |  2 de marzo, 2022  |

Me molesta la iglesia. Por una razón.

Serví como pastor durante diecisiete años. Ahora soy profesor en una universidad adventista.

Todavía me desagrada la iglesia.

De acuerdo, estoy exagerando, pero la exageración dice la verdad sobre mi experiencia al prepararme para la iglesia sábado tras sábado.

Verás, hay una cosa. Cuando les digo lo que es, ya conozco las respuestas. Las he escuchado antes, a lo largo de mis cuatro décadas de vida en la iglesia.

Odio vestirme para ir a la iglesia. Eso es todo. Esa es la cosa, la cereza del pastel, el agotamiento de mi alegría, la cosa que me dice que no soy suficiente y me hace querer quedarme en casa. No soy buena en esto, y la versión formal de mí no es yo.

Mientras escribo, estoy sentado en mi sofá esperando a salir para la iglesia, con unos zapatos demasiado cuadriculados, un cinturón que me endurece la cintura, un cuello que me inmoviliza el cuello, unos pantalones que se sienten mal contra mi piel y una chaqueta que simplemente no soy yo. Pero, me dijeron que debía llevar lo mejor de mí a Dios… y luego me dijeron cuál es la mejor versión de mí.

Bien, bien, escucho las respuestas. Como te dije, las he escuchado todas antes, toda mi vida. No es que no haya pensado en ellas o que no esté comprometido con Dios. Soy una persona que complace a la gente por naturaleza, un pequeño diplomático, así que he pensado demasiado en estas preocupaciones.

En cuanto al compromiso, he entregado mi vida a servir a Dios a través de la iglesia. Puedes apostar que he tratado de conformarme para no ser el problema. Pero… creo que ese es el problema.

Las voces que trato de apaciguar al conformarme, al “vestirme apropiadamente para la iglesia”, dicen demasiadas cosas que no deberían decirse. Los que hemos dejado que esas voces nos enseñen a odiar la iglesia tenemos que hablar. Yo, por ejemplo, necesito despojarme del miedo que inspiran esas voces de que no soy lo suficientemente bueno, para tener el valor de compartir un punto de vista diferente.

Aquí va…

No soy el único al que la policía del código de vestimenta ha enseñado a odiar la iglesia. La camisa de fuerza pellizca a diferentes personas de diferentes maneras. Los códigos de vestimenta de la Iglesia surgen de la intolerancia cultural, la alienación generacional, la desigualdad de género, la visión estrecha de Dios, la pretensión espiritual, el impulso perfeccionista y el control autoritario. Como tales, perjudican a diferentes grupos de diferentes maneras, pero el mensaje subyacente es siempre: “No eres capaz”.

Entiendo que algunos de mis lectores no vean inmediatamente la verdad en esta lista de siete objeciones a los códigos de vestimenta de la iglesia, pero por favor, escúchenme. Seré breve y trataré de limitarme a un concepto para cada objeción.

Intolerancia cultural:

Nuestra ropa procede de nuestra cultura, que expresa quiénes somos, ya sea una cultura nacional, regional, económica, étnica o de cualquier otra dimensión de lo que somos. En el momento en que definimos lo específico de lo que hay que vestir, definimos como inaceptables las normas de grupos muy diferentes al que nos ocupa. Damos a entender que sólo hay una forma de expresión cultural admisible, y que todo lo demás es espiritualmente inferior.

Alienación generacional:

Puedo oír a alguien diciendo: “Sí, ¡pero los jóvenes de hoy en día tienen que aprender a vestirse!”. Tristemente, esto lo dice muy a menudo alguien que se pregunta -con dolor- por qué sus hijos han dejado la iglesia.

Cada generación de seres humanos desarrolla su identidad, y siempre será diferente a la de sus padres. A todos nos toca. Y, si tienes un armario que no se ha vaciado en una o dos décadas, encontrarás allí un museo en miniatura de cómo se manifiesta esto en el vestuario. Sí, tus padres pensaban que tu ropa era tan mala como tú puedes pensar que lo es la última moda.

Desigualdad de género:

“Lo entiendo”, dirán algunos, “pero hay que poner un límite a la moral”. Claro, entonces, esas jóvenes aparecen con su ropa sexy y los varones de la iglesia no pueden mantener su mente en Dios. ¿Suena algo mal en esa última frase? Sí, eso nos lleva al siguiente problema con los códigos de vestimenta.

Las mujeres se ven afectadas de forma desproporcionada cuando se trata de preocupaciones sobre la “moralidad en el vestir”. Hay muchas cosas aquí que me gustaría poder desmenuzar. Al final, sospecho que hay límites que los individuos necesitan resolver en privado, pero también sospecho que nuestra comunidad cristiana no es capaz de establecer normas universales que no pongan simplemente la carga de gestionar la lujuria masculina en las mujeres. Los hombres heterosexuales pueden y deben ejercer el autocontrol independientemente de lo que las mujeres lleven -o no lleven-.

Visiones estrechas de Dios:

Alguien ofrecerá: “¿Qué hay de llevar lo mejor a Dios? Las blusitas de tiritas y los jeans son tan informales. ¿Cómo puede honrar a Dios el vestirse así?”.

El Dios, por el que nos reunimos para adorar es a la vez Rey y amigo. Es a la vez el Dios de los caminos que no se pueden descubrir y el Dios que se hizo carne humana y vivió entre nosotros. Dios está tanto en el trueno de la montaña como en el hombre de la calle. Es a la vez trascendente e inmanente. Puede que te vistas de forma diferente para reunirte con el Presidente que para encontrarte con tu mejor amigo. Debemos dejar espacio para ambas experiencias en nuestro culto colectivo, porque cada uno de nosotros necesita encontrar diferentes aspectos de Dios en diferentes momentos de nuestro viaje.

Pretensión espiritual:

Una vez más, escucho la preocupación: “Pero, ¿qué pensará la gente si todos parecemos tan ordinarios el sábado por la mañana? Tenemos que representar al gran Dios al que servimos. ¿Qué pensarán los visitantes?”.

En primer lugar, probablemente no se vistan tan bien. Más aún, veo una preocupación más apremiante que las relaciones públicas, y, cuando hacemos lo correcto, las relaciones públicas pueden cuidarse por sí solas.

La autenticidad es una preocupación central en el Nuevo Testamento. El amable y gentil Jesús llamó la atención de forma persistente y contundente sobre la hipocresía de los fariseos y otros. El momento más duro en la Iglesia del Nuevo Testamento llegó cuando Ananías y Safira pretendieron dar más de lo que en verdad estaban dando; su pecado fue introducir la pretensión espiritual en la flamante Iglesia. Dictar un código de vestimenta -ya sea implícito o explícito- es exigir un disfraz. Dice, no vengas como la persona que eres; finge lo que no eres.

Impulso perfeccionista:

Algunos podrían responder que estamos llamados a ser una generación perfecta para vindicar el carácter de Dios, por lo que no debería ser una pretensión.

Aunque no se suscriba a la Teología de la Última Generación -y espero que no lo haga- el impulso perfeccionista subyace en muchas cosas de la tradición adventista, porque muchas tradiciones nacieron en tiempos perfeccionistas. A menudo aceptamos los hábitos del perfeccionismo, aunque hayamos rechazado su teología explícita. A nivel visceral, usted puede sentir que deshonra a Dios ver a otros vestirse mal para ir a la iglesia, pero necesita rechazar ese impulso perfeccionista.

Control autoritario:

A la hora de la verdad, los códigos de vestimenta para la iglesia tienen que ver con algunas personas que exigen que otros cumplan con sus convicciones o preferencias. Dentro de cada familia de la iglesia, hay diferencias de poder. Algunos hablan desde una posición o influencia mayor que otros, y siempre serán las convicciones y preferencias de los más poderosos las que se impongan a los demás. Jesús dijo a sus discípulos que no utilizaran la autoridad de esa manera, sino que sirvieran a la persona más débil. Sería más apropiado que la persona con poder se adaptara al vestuario de la persona más débil, al igual que Jesús se vistió de carne humana pecadora.

Además, no servirá de nada hacer excepciones para el común que asisten a la iglesia, e insistir en un código de vestimenta rígido para los líderes. En primer lugar, todo lo que hacemos en nombre de Dios pinta una imagen de Dios. Como líderes, respaldamos lo que acomodamos. En segundo lugar, exigir estas cosas sólo a los líderes mueve el límite de la exclusión, pero no elimina la toxicidad señalada anteriormente.

Me doy cuenta de que hay más que decir en todos los lados de la conversación, pero espero haber hecho un aporte en el pensamiento de alguien y que, con el tiempo, yo y otros podamos dejar de sentir la condena expresa o implícita que nos enseña a “odiar la iglesia”.

 

 

 

James Wibberding, D.Min., es profesor de Teología Aplicada y Estudios Bíblicos en el Pacific Union College de California.

 

 

Traducido y editado por B.Th. Daniel A. Mora, Editor para AToday Latin-America