Ostriches and Canaries: Coping with Change in Adventism 1966-1979 (Westlake Village, CA: Oak and Acorn Publishers, 2022).

Revisado por Reinder Bruinsma | 29 de julio de 2022

Este artículo es más una reacción personal que una reseña formal del libro. Porque la lectura del libro más reciente de Gilbert M. Valentine, Ostriches and Canaries-Coping with Change in Adventism 1966-1979 [Avestruces y canarios, afrontando el cambio en el adventismo], fue una fiesta intelectual pero también una experiencia emocional.

Recuerdo haber tenido un sentimiento similar cuando, alrededor de 1985, alguien me regaló un libro de Merikay McLeod titulado Betrayal: the Shattering Sex Discrimination Case of Silver Vs. Pacific Press Publishing Association, en el que la autora había relatado la lamentable forma en que dos trabajadoras fueron tratadas por su empleador denominacional.

Me dije: “¿Realmente suceden este tipo de cosas en mi iglesia?” Eso me deprimió mucho en ese momento. Lo que llevo a preguntarme: aunque esta historia pudiera ser parcial, y aunque sólo fuera un cincuenta por ciento exacta, ¿realmente quiero formar parte de una iglesia en la que ocurren cosas tan poco éticas y discriminatorias?

Existen otros libros que han tenido un efecto algo similar en mí. La magistral biografía de Valentine sobre el pionero John N. Andrews (especialmente la última parte del libro) también me hizo preguntarme cómo otros líderes de la iglesia (incluida Ellen G. White) podían ser tan insensibles y poco cristianos en su relación con los demás.

Ahora, una vez más, en Avestruces y canarios, me enfrenté a un libro que me creó una clara inquietud. ¿Sucedió todo esto en mi iglesia?

Experiencia personal

Sin embargo, también hay otra razón importante para mí por la que escribí esta reseña: Estuve cerca de algunas de las cosas sobre las que escribe Valentine.

Nunca conocí personalmente a Robert Pierson (1911-1989), pero sí escuché con inquietud su sermón inaugural en Detroit, el último sábado de la sesión en que fue elegido. Fui estudiante en la Universidad de Andrews en 1965-1966. Me senté en las clases de Siegfried Horn, Edward Vick, Herold Weiss, Sakae Kubo y Earle Hilgert, y asistí a las conferencias de Arthur White y Leroy Froom. Más tarde conocí bien a Roy Branson y Gottfried Oosterwal, y en menor medida a William G. Johnsson, Kenneth Wood, Ron Graybill y Richard Coffen.

Resistencia al cambio

Valentine dio a su libro el subtítulo: “Afrontando el cambio en el adventismo 1966-1979”. Quizás “Resistiendo al cambio” o “Luchando contra el liberalismo” habría sido una descripción aún más adecuada de las prioridades de los principales líderes de la Iglesia Adventista durante ese período. Algunos subtemas corren como hilos ininterrumpidos a través de la historia que el autor relata con mucha habilidad.

En primer lugar, estaba la fuerte atracción hacia el fundamentalismo, al que la iglesia se había resistido principalmente durante la presidencia de Reuben Figuhr, pero que abrazó en la era Pierson. Luego, hubo una nueva preocupación por la inspiración literal de las Escrituras. El tema de los comienzos y la lectura literal del relato del Génesis se convirtieron en una obsesión para los dirigentes de la denominación.

Finalmente, debajo de todo esto estaba la pregunta siempre presente: “¿Qué dijo la Sra. White?”. Cada vez más se le daba a ella la última palabra en cualquier disputa sobre asuntos teológicos o administrativos.

En los tres primeros capítulos, Gilbert Valentine nos proporciona los antecedentes de la historia de la presidencia de Pierson. Describe las formas en que la Iglesia Adventista se relacionaba con el fundamentalismo, y cómo en los quince años anteriores a la elección de Pierson la iglesia había intentado alejarse de ello en muchos aspectos. Bajo el liderazgo del pastor Figuhr, la iglesia experimentó un periodo de relativa apertura teológica, en el que un número cada vez mayor de académicos adventistas disfrutaba de bastante libertad académica. La creación del Comentario Bíblico Adventista del Séptimo Día en siete volúmenes (1953-1957) sólo pudo ocurrir en esta atmósfera más relajada.

Robert Pierson

Los diez capítulos que siguen describen la presidencia de Robert H. Pierson, desde su elección en 1966 hasta su dimisión, por motivos de salud, doce años y medio después.

El lector casi siente lástima por Pierson quien, con sólo dos años de educación universitaria, y después de una trayectoria de 25 años en el servicio misionero en el extranjero, fue elegido para dirigir el movimiento adventista durante los agitados años sesenta y setenta del siglo pasado. Su período presidencial fue una prolongada batalla contra los peligros del liberalismo que él percibía invadiendo la iglesia desde muchos lados. Se enfrentó a la evolución de dos importantes instituciones educativas -la Universidad de Loma Linda y la Universidad de Andrews-, que intentaban establecerse como universidades con reconocimiento académico.

Al rodearse de consejeros que, en gran medida, compartían su recelo contra los teólogos “liberales” y los profesores de ciencias que se desviaban de las enseñanzas adventistas tradicionales respecto a una semana de creación literal de seis días y una cronología de 6.000 años para la Tierra, estaba decidido a asegurarse de que el personal docente del seminario teológico y los científicos que participaban en el Instituto de Investigación de Geociencias fueran adventistas ortodoxos. Esto provocó una serie de crisis en estas instituciones y la decepción entre los intelectuales adventistas de otras partes de la iglesia.

Valentine describe cómo, como avestruces, Pierson y muchos de los otros líderes fueron incapaces (o no quisieron) ver los problemas teológicos y científicos a los que se enfrentaba la iglesia, cómo estaban metiendo la cabeza en la arena de la tradición, y cómo muchos eruditos sintieron que debían permanecer en silencio si querían sobrevivir en este clima de oscurantismo. Sin embargo, la historia también trata de los canarios que siguieron cantando y advirtieron sobre los acontecimientos que, según ellos, acabarían destruyendo a la Iglesia.

Y la historia trata también, sin duda, de la continua tensión en torno a la inspiración y la autoridad de las Escrituras y el papel de Ellen White. La incapacidad, y/o la falta de voluntad, de Pierson y sus partidarios para dar la debida importancia a los nuevos descubrimientos sobre los “métodos utilizados por la profeta” en la producción de sus escritos, y su permanencia (si no en la teoría, ciertamente en la praxis), en una visión verbal e inerrante de su obra, fue una tragedia con resultados que siguen sintiéndose hoy.

Abundantes datos

Es probable que muchos de los lectores de Valentine conozcan los principales temas que preocupaban a la Iglesia Adventista en el periodo de Pierson. Pero los abundantes datos de este libro de 450 páginas garantizan que, como yo, encontrarán sin duda muchos elementos nuevos. El análisis de las notas de pie de página a lo largo de todo el libro subraya la importante contribución de la Asociación de Foros Adventistas y, en particular, de su revista Spectrum, a la hora de informar a la iglesia sobre cuestiones clave que ya no se podían pasar por alto. Los numerosos detalles sobre el papel de hombres como Lenel Moulds, Richard Hammill y Willis J. Hackett me resultaron muy esclarecedores. Me hizo preguntarme si uno de nuestros historiadores debería emprender una biografía completa de Hammill, para complementar los recuerdos del propio Hammill.

El acceso de Valentine a los diarios del arqueólogo Siegfried Horn proporciona una visión de los acontecimientos tras bambalinas tan informativa como alarmante. Aprecio mucho este enfoque sobre el papel de Siegfried Horn, y espero que al menos parte de sus diarios se publiquen algún día. Horn era alemán, pero comenzó su empleo denominacional en una época en que la Iglesia Adventista en los Países Bajos era administrada por la Unión Alemana. Hizo sus prácticas ministeriales en los Países Bajos y fue enviado como misionero a las Indias Orientales Holandesas. Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, el gobierno colonial holandés encarceló a Horn, considerado un enemigo. Como es lógico, Horn tenía sentimientos ambivalentes hacia los holandeses, aunque su segunda esposa fue holandesa. Mis conversaciones con el Dr. Horn eran siempre en inglés. Era bastante cuidadoso a la hora de expresar opiniones que pudieran meterle en problemas. Defendía su negativa a hablar de ciertos temas haciendo hincapié en lo mucho que le debía a la iglesia. Por lo tanto, estaba decidido a no causar ningún problema a su iglesia.

Lealtad y poder

Los sentimientos de malestar que mencioné al principio de este artículo fueron el resultado, al menos en cierta medida, de lo que leí en este libro sobre la forma en que Pierson y otros líderes buscaban constantemente evidencias de falta de lealtad a los principios adventistas por parte de los académicos adventistas, y de lo que aprendí sobre su disposición a escuchar chismes y a utilizar esquemas (a menudo dudosos) para trasladar a personas que se consideraban peligrosas a otros puestos y/o hacer que fueran sustituidas en comités de importancia.

Me doy cuenta de que parte de mi incomodidad se debe sin duda también a la mentalidad americanizada de mi iglesia. La enorme influencia del presidente de la Asociación General refleja en muchos aspectos el poder del presidente de los Estados Unidos. En mi entorno europeo se considera generalmente muy poco saludable y peligroso conferir tanto poder en una sola persona. En la política y la vida eclesiástica europeas, un “presidente” no tiene el poder de dirigir una organización por un camino determinado como, lamentablemente, es posible en la Asociación General.

Paralelismo asombroso

Hace unos años, mientras escribía un libro dirigido a los miembros de la iglesia en los márgenes de la Iglesia Adventista, me di cuenta de los numerosos y sorprendentes paralelismos entre Robert Pierson y el actual presidente de la Asociación General, Ted Wilson. Muchos de los temas y eslóganes (por ejemplo, el renacimiento y la reforma) resurgieron en los programas que Wilson ha promovido en los últimos años. Aunque Wilson completó una trayectoria educativa que culminó con un título de doctorado, muestra una sospecha similar a la de Pierson respecto a los teólogos y científicos académicos de nuestras universidades.

Lamentablemente, Wilson comparte la creencia de Pierson de que las cuestiones teológicas deben ser decididas por los administradores y no por los teólogos. Al igual que Pierson, Wilson defiende una interpretación literal de la historia del Génesis y cree que quienes buscan interpretaciones alternativas no pueden ser verdaderos adventistas. Al igual que Pierson, Wilson está mucho más preocupado por el liberalismo de “la izquierda” que por el extremismo de “la derecha”, y promueve de todo corazón la posición fundamentalista de una “lectura simple” de las Escrituras y de un uso inerrante de los escritos de Ellen White. Parece que Wilson y los que se reúnen a su alrededor pertenecen a los avestruces que se niegan a mirar las nuevas pruebas y siempre tienen una cita de Ellen White a mano para rechazar cualquier posibilidad de cambio.

Avestruces y canarios da lugar a reflexionar, aunque hay que señalar que su enfoque se centra en los Estados Unidos, e incluso allí es limitado en su tratamiento. Apenas se mencionan los acontecimientos y las crisis de otras instituciones educativas adventistas (aparte de Loma Linda y Andrews). El problema creado por los hermanos Brinsmead, y la respuesta de la administración Pierson, deberían, en mi opinión, haber recibido también atención, ya que tuvieron un impacto significativo en otras regiones del mundo.

Me doy cuenta de que es difícil evaluar hasta qué punto las cuestiones teológicas que preocupaban a los administradores, y las ideas de los profesores universitarios que se percibían como peligrosas, repercutieron en las experiencias religiosas de el “común” de los miembros de la iglesia en las congregaciones locales. Es, sin embargo, un aspecto del que me gustaría saber más.

Pero mi valoración del libro es de elogio y admiración por la minuciosa investigación de Valentine.

¿Habrá más canarios?

Espero que el fascinante (y muy ameno) libro de Valentine se promueva ampliamente, y ayude a muchos a ver que hoy estamos reviviendo un período de oscurantismo denominacional. ¿Será capaz la Iglesia de cambiar la tendencia? ¿Habrá futuros líderes de mente abierta como Reuben Figuhr y Jan Paulsen?

Avestruces y canarios pinta un triste cuadro de una iglesia que no permitía el pensamiento creativo y no podía aceptar la posibilidad de un cambio. Es un cuadro de una iglesia que dio la espalda a la ciencia y esperó que los científicos descubrieran lo que confirmaba las creencias del siglo XIX. Sin embargo, esta oscuridad se ve mitigada por los rayos de luz: algunos de nuestros pensadores creativos fueron silenciados, pero los canarios pudieron ser escuchados y fueron una inspiración para aquellos que querían un tipo diferente de iglesia. Ahora que lo pienso, he intentado ser ese canario, y escucho a muchos otros canarios que esperan y trabajan por el cambio y la apertura que la iglesia necesita para ser relevante y responder a las preguntas de la gente en el siglo XXI.


Reinder Bruinsma vive en los Países Bajos con su esposa, Aafje. Ha servido a la Iglesia Adventista en diversas tareas de publicación, educación y administración de la iglesia en tres continentes. Todavía mantiene una apretada agenda de predicación, enseñanza y escritura. Es autor de I Have a Future: Christ’s Resurrection and Mine.

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