por Daniel Mora | 31 de julio de 2022 |

Nos habían invitado a una iglesia adventista cercana para una semana de evangelización. La primera noche llevé a mi hija de cinco años, Esther. La envié a una actividad para niños que se realizaba en uno de los salones de la iglesia, mientras los adultos estábamos en la reunión principal.

El tema de la semana de evangelización era el Apocalipsis, lo cual no es inusual en la región conservadora de Centroamérica donde vivo. De los pocos asistentes, creo que las únicas personas con formación teológica eran el pastor -recientemente trasladado al distrito- y yo, aunque mi presencia pasó desapercibida. (Opté por mezclarme con los visitantes).

El predicador era un evangelista laico. Comenzó su sermón afirmando la importancia del libro del Apocalipsis, que fue escrito para nuestros tiempos y que es un libro para revelarnos las cosas “que deben suceder pronto”.

Y luego fue más allá al afirmar que el tema central del libro es que “el tiempo del fin está muy cerca”. Inmediatamente pensé: “No, amigo, el tema central del Apocalipsis es Jesús”.

Cuando terminó el programa de Esther, ella volvió y se sentó a mi lado. Me di cuenta de que estaba escuchando atentamente. El predicador llegó al clímax de su presentación, preparando el escenario para hacer el llamado. Reiteró que el tiempo del fin estaba cerca, y que debíamos decidirnos rápidamente por nuestra salvación. Después de todo, Jesús estaba retrasando su venida, porque si viniera mañana, “todos estaríamos perdidos”. Así que teníamos que decidir, si “arderíamos en el fuego o elegiríamos estar del lado de los salvados”.

Luego redobló la apuesta, citando una profecía de Isaías para decir que “Dios va a matar a los humanos, a los animales y a la tierra… Vendrá a destruirlo todo para hacer algo realmente nuevo…”.

El llamado del miedo

Para alguien como yo, que nació y creció en esta comunidad religiosa apocalíptica, las palabras del predicador no me sorprendieron. Pero la expresión de la cara de Esther mostraba que estaba escandalizada. Se levantó de un salto, claramente molesta, y me dijo: “Papá, ¿por qué ese hombre dice esas cosas tan feas en la iglesia? ¿Por qué dice que Dios va a matar a los animales y las personas?”.

Antes de que pudiera intentar justificar las palabras del predicador o amortiguar el golpe de esta religiosidad tóxica, mi hija siguió diciendo: “Papá, por eso a veces no me gusta venir a la iglesia: ¡porque dicen cosas feas!”.

Me quedé totalmente sorprendido, sin palabras. Ella no había oído de mí ningún reproche sobre la iglesia. Siempre trato de dar a Esther una imagen encantadora y amorosa de Dios y de Jesús. Pero el predicador estaba empleando el evangelio del terror, y mi hija de cinco años captó inmediatamente su tono. Sus palabras la escandalizaron, y ella, en su inocencia, llamó mi atención del predicador por su espiritualidad tóxica.

Su reacción me enseñó una profunda lección. La subí a mis piernas, la abracé y le susurré al oído: “Sabes, Esther, tienes razón”. Le di un beso en la cabeza y salimos inmediatamente de aquel lugar que tanto la había asustado.

Cualquier lugar donde enseñen a Dios a través del evangelio del terror no es un lugar agradable. Es un lugar donde se perpetúan los patrones de abuso religioso.

Y no quiero que Esther llegue a pensar que Dios es así.

¿Se le acabó el amor a Dios?

En el Día Mundial del Aventurero, mi hija participó en el programa. En voz alta recitó: “’Dios es nuestro refugio y fortaleza’. Amén”. Me sentí orgulloso, y también dije “amén”. Porque eso es lo que creo, ¡y es lo que quiero que ella crea! Me esfuerzo por enseñar a Esther que Dios es amor y que Jesús nos ama a todos por igual, que es nuestro mejor amigo, que Dios nos da fuerza, paz y alegría.

En la Escuela Sabática enseñamos a los niños canciones que alaban a Dios como creador de los niños y los animales. Enseñamos a nuestros niños a orar, para que puedan tener una amistad con Dios.

¿Qué sentido tiene? ¿Para qué cuando sean adultos podamos decirles que en realidad a Dios se le ha acabado el amor, que matará y exterminará no sólo a las personas sino incluso a los animales, consumiéndolos a todos con el fuego de su ira?

Iglesias tóxicas

Los adventistas de América Latina, especialmente las generaciones más adultas, crecieron con El Conflicto de los siglos llevándolo bajo el brazo. Hablaban de las leyes dominicales, de la supremacía papal y de la inevitable persecución. Una mujer que asiste a esa iglesia se cruzó conmigo en la calle hace unos meses, y en la conversación se sintió obligada a recordármelo: “¡Hermano, la ley dominical ya la ha escrito el Papa!”. La gente como ella desarrolla profundos niveles de paranoia. Su “fe” les atormenta en lugar de aportarles paz.

¿Funciona realmente esa forma de evangelizar?

Como ya he dicho, me he criado en este entorno y estoy bastante familiarizado con este tipo de conversaciones. Mi hija no lo está. La reacción de Esther cuando dijo que no le gustaba asistir a la iglesia a veces dejó al descubierto la realidad en la que viven muchos adventistas. Nuestras iglesias están muriendo porque las nuevas generaciones no están dispuestas a ser esclavas de una fe tóxica. Cada vez son más los que no están dispuestos a sufrir un repertorio de predicaciones que infunden miedo, incertidumbre y desasosiego.

Por ejemplo, el grupo que controla la congregación a la que asistimos parece más decidido a mantener unas normas conservadoras de vestimenta, música y diversas reglas que tienen que ver con la apariencia y la comida que a hacer de sus casas un lugar agradable para vivir, de su congregación un lugar cálido para el culto. Sus vecinos han oído tanto de estos adventistas en particular que no quieren tener nada que ver con ellos. La congregación está sufriendo en cuanto a miembros y finanzas, y se preguntan por qué.

Yo lucho por encontrar un lugar donde mi hija pueda construir una fe sana, y donde yo pueda desintoxicarme de tantos años de fe tóxica. No he encontrado una iglesia adventista en mi zona donde podamos experimentar la alegría de vivir el Evangelio. Por ahora, yo elijo cuándo puede Esther asistir a la iglesia y en qué programas puede estar sin que se destruya su inocencia.

Porque no quiero que mi hija escuche cosas feas sobre nuestro Dios amoroso.

 


Daniel Mora es el editor de Adventist Today Latin America.

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