Por Thandazani Mhlanga  |  04 de febrero, 2022  |

El mundo occidental ha recibido una gran influencia de los antiguos griegos. Por ejemplo, Aristóteles tenía fuertes opiniones sobre el género, en particular sobre las mujeres. Les asignaba un estatus de segunda clase y consideraba a las mujeres como “hombres deformes”.

Así que las discusiones actuales de género de la sociedad civil y religiosa moderna no deberían sorprendernos del todo. Según el Índice de Liderazgo de Reikiavik (Reykjavik Index for Leadership), la mayoría de las personas sigue sintiéndose incómoda con las jefas de gobierno.

¿Sigue siendo controvertido reconocer y recompensar a las mujeres en el ministerio al mismo nivel que sus colegas masculinos?

Durante mucho tiempo se nos ha dicho que Dios lo diseñó así. Pero, ¿es eso cierto?

Limitaciones

No pretendo que pueda llegar a entender del todo lo que significa ser mujer. Me parece que lo último que necesitan las mujeres es otro hombre que intente ser la cara del feminismo. Las mujeres de este mundo son, y deberían ser, las defensoras de la causa. Sólo alzo mi voz aquí en apoyo de las mujeres que están en primera línea de esta gran injusticia social y espiritual. Estoy con ellas y hablo con ellas, no en su lugar.

Tampoco es posible explicar completamente lo que creo que es el origen de nuestras ideas religiosas y sociales sobre la feminidad, dentro de las limitaciones de este artículo. Lo que ofrezco es, espero, una visión clara pero no totalmente completa.

El principio

Se entiende erróneamente que Adán es el nombre del primer hombre. No es así. El relato de la creación nos dice, en su idioma original, que Dios creó al hombre y a la mujer como “adanes” (Génesis 1:27). La Wikipedia lo explica muy bien:

“La Biblia usa la palabra אָדָם (‘adam) en todos sus sentidos: colectivamente (‘humanidad’, Génesis 1:27), individualmente (un ‘hombre’, Génesis 2:7), sin especificar el género (‘hombre y mujer’, Génesis 5:1-2), y masculino (Génesis 2:23-24)”.

El resultado es que hay una gran ambigüedad de género e identidad personal en estos primeros relatos que no es evidente para el lector de una traducción. Eva era, según Génesis 3:20, el apodo cariñoso del hombre Adán para la mujer Adán.

Según todas las apariencias, pues, los hombres y las mujeres fueron creados iguales. Su igualdad era un reflejo de sus Creadores Divinos (Génesis 1:26), a lo que se refirió Jesús cuando dijo a Felipe: “El que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Juan 14:9).

Vemos vislumbres de esta igualdad divina en algunas civilizaciones antiguas, lo que nos muestra que no se trata sólo de una teología creativa, sino de una experiencia vivida. El registro histórico sugiere que para los antiguos sumerios (el actual sur de Irak), la igualdad de género en todos los aspectos de la vida era algo común. En el pueblo más antiguo del mundo, Catalhöyük, un yacimiento arqueológico cerca de Konya (Turquía), se observa una estructura social igualitaria entre los sexos.

Cambios

Cuando los acadios llegaron al poder bajo el liderazgo de Sargón el Grande, los derechos de las mujeres cayeron. Los acadios aprobaron leyes que impedían a las mujeres ocupar espacios públicos y puestos de poder. Las mujeres se convirtieron en ciudadanas invisibles de segunda clase, sometidas a los hombres de su vida.

Los problemas de violación se consideraban cada vez más una ofensa económica contra el hombre dominante en la vida de la mujer y no una ofensa física contra la mujer. Cuando se producía una violación, el padre de la niña tenía derecho a una indemnización.

Además, como sólo los hombres podían poseer tierras y propiedades, el deseo de mantener las tierras en la familia situaba inevitablemente a los herederos masculinos en un rango superior, y cimentaba el patriarcado.

Con el tiempo, a medida que el patriarcado se convertía en ley, los varones pasaron a ser los propietarios legítimos de los sistemas reproductivos de las mujeres. La virginidad femenina antes del matrimonio se convirtió en la forma de ejercer el control sobre eso, y comenzó la tradición de cubrir o tapar con ropa por completo a las mujeres.

En la ley de Hammurabi, todos los derechos que tenían las mujeres se los otorgaban los hombres. Esos derechos eran rápidamente retirados cuando servían a las conveniencias de los hombres.

Pero, ¿han cambiado mucho las cosas en nuestra época?

A la luz de la narración bíblica y del registro histórico de estas sociedades antiguas, tenemos que considerar que nuestras ideas sobre la feminidad podrían ser de una construcción social y no divina. Durante mucho tiempo se ha dado vía libre a muchas ideas y comportamientos misóginos en las comunidades civiles y religiosas con la excusa de que “así lo ha ordenado el buen Dios”, cuando en realidad es como lo han ordenado los hombres.

La herencia de la misoginia

En un corto espacio de tiempo, históricamente hablando, algunas culturas antiguas habían mercantilizado a las mujeres y las habían colocado por debajo de los hombres. Las diosas femeninas eran predominantemente las diosas de la reproducción y la naturaleza, mientras que los dioses masculinos eran los gobernantes. Hablando de hombres que hacen a Dios a su imagen y semejanza.

Estas tendencias misóginas fueron adoptadas y a veces reinterpretadas por las generaciones futuras que, a su vez, también las transmitieron a sus herederos.

Es interesante ver cómo, en el Antiguo Testamento, Dios interactuó con un mundo en el que su propio pueblo había seguido los ejemplos de estas otras culturas, y se alejó de su intención original de cómo debían ser tratadas las mujeres. Ese es un tema para otro día. Pero cabe destacar que nos queda una larga y vergonzosa historia de misoginia, con sólo unas pocas excepciones en las que algunos decidieron no perpetuar el trauma generacional contra las mujeres.

Estos ejemplos son muy escasos y distantes entre sí. Uno importante es el de Jesús el Mesías, que a menudo visitaba a las mujeres en público y las trataba con respeto (Juan 8:1-11). A pesar de las críticas, y de los rumores que probablemente provocaron sobre él, Jesús también tuvo mujeres en su equipo de discípulos.

¿Hasta dónde hemos llegado?

Desde los tiempos de los acadios y los asirios hasta los romanos y los griegos, pasando por el cristianismo, la misoginia ha tenido una larga y vergonzosa vida.

Hoy en día, el velo o Hiyab se sigue utilizando para controlar, clasificar y categorizar a las mujeres en algunas culturas. Todavía recuerdo una época en la que a una novia que no era virgen no se le permitía cubrirse la cara con un velo nupcial al entrar en la iglesia, si es que a la pareja se le permitía usar el vestido de novia.

En los círculos religiosos, se sigue enseñando a las mujeres a conservar su cuerpo como un regalo para sus futuros maridos. ¿Qué pasó con la entrega total a Dios?

Y la carga emocional de estar divorciada sigue pesando mucho sobre las mujeres en los círculos religiosos. ¿Por qué nos apresuramos a castigar y etiquetar a las mujeres que deciden divorciarse, más que a sus pares masculinos?

La interpretación bíblica sigue blindando la institución del patriarcado. Seguimos argumentando que como las escrituras dicen que “el obispo debe ser marido de una sola mujer” (1 Timoteo 3:2), por lo tanto, sólo los varones pueden servir como pastores.

Esto muestra una trágica falta de aprecio por el mundo en el que estos autores escribieron, así como por la plenitud del plan ideal de Dios. No tratamos otras advertencias de las Escrituras de la misma manera. No tomamos por la fuerza las tierras de otras personas porque Dios nos lo ha dicho, como le dijo a Josué. No comemos todo lo que el buen Señor creó ya que todo lo que Dios hizo fue declarado bueno.

Entonces, ¿por qué seguimos aplicando el patriarcado?

No estoy abogando por el matriarcado en lugar del patriarcado, ni por el restablecimiento de lo que muchos religiosos empiezan a considerar como patriarcado responsable. Estoy abogando por el plan original: la igualdad. Me sumo a la ejecutiva estadounidense Sheryl Sandberg cuando dice: “En el futuro, no habrá mujeres líderes; sólo habrá líderes”.

Me comprometo a ser “el cambio que deseo ver en el mundo”, el cambio que será una prueba positiva de que he llegado a conocer a Jesús (Juan 13:35).

Bibliografía

  • Aristotle, Immanuel Bekker, W. E. Bolland, Andrew Lang, and Aristotle. 1877. Aristotle’s Politics: books III. London: Longmans, Green.
  • “Mesopotamian Women (Chapter 2)” – Women’s Writing of Ancient Mesopotamia. Cambridge Core. Cambridge University Press.

Thandazani Mhlanga es pastor, educador, orador y autor que actualmente estudia las antiguas civilizaciones del Cercano Oriente en la Universidad de Toronto. El pastor Thandazani y su esposa, Matilda, han sido bendecidos con tres hermosas niñas que son la alegría de sus vidas. Su sitio web es themscproject.com

 

Traducción y edición, Daniel A. Mora, BTh. Editor para AToday Latin America.