Por Daniel A. Mora, 24 October 2017      

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En 1879 Ellen White le escribió una carta al «hermano Johnson», un dirigente de la iglesia de South Lancaster, Massachusetts. Ella comenzó la misiva diciéndole: «…tienes un espíritu terco y revoltoso. No has sido un apoyo para la iglesia, sino un obstáculo. Tienes una disposición a dictar y controlar asuntos, y si no puedes hacerlo casi con seguridad serás rencoroso y antipático».[1] Le dijo a Johnson que «Dios no se complace con soldados así; ellos serían dados de baja deshonrosamente en un ejército terrenal. Jesús está avergonzado de ti. Tu [piensas que] eres todo».[2]

Como si no fuera poco, Ellen White terminó el primer párrafo de la carta diciéndole a Johnson que era un «miserable, pobre, ciego y desnudo [citó Apocalipsis 3:18]». En el segundo párrafo, ella lo increpó: «¡Qué ciego has sido! ¡Cuán indigno eres del nombre de cristiano! Tu espíritu no está en armonía con el Espíritu de Cristo».[3] Uno no puede evitar preguntarse: ¿qué fue lo que hizo Johnson para provocar la indignación de White? Y no solo él, sino también otro dirigente y su esposa de apellido Buzzell. Tanto Johnson como Buzzell estaban menospreciando el liderazgo femenino, ridiculizando a ciertas mujeres de su congregación y burlándose de las capacidades de una mujer para dirigir. Ella le dijo que «los sentimientos que acaricias en referencias a las fieles hermanas de la iglesia son más satánicos que divinos».[4]

En este contexto Ellen White concluyó todo lo contrario a la estigmatización hacia las mujeres y su capacidad para ocupar cualquier cargo como dirigentes. Ella le terminó diciendo a Johnson:

No son siempre los hombres los que están mejor adaptados para una administración exitosa de la iglesia. Si mujeres fieles tienen más profunda piedad y verdadera devoción que los hombres, podrían ciertamente por sus oraciones y su trabajo hacer más que los hombres cuyos corazones y vida no están consagrados.[5]

Con esta anécdota histórica quiero introducir la realidad similar de los Johnson modernos. Aquellos dirigentes que se oponen al liderazgo femenino, por considerar que ellos son el «todo» de la iglesia. Así que me enfocare sobre la distorsión que algunos campos (latinoamericanos) en la actualidad están haciendo sobre el Manual de la iglesia, para impedir la elección y ordenación de mujeres al cargo de Anciana.

¡Confundir para dominar!

En diversas oportunidades he sostenido que la reacción de rechazo en algunas partes de latinoamericanos sobre la ordenación de Diaconisas y Ancianas, es producto de la ignorancia. Es natural encontrarse con que el adventista promedio desconoce los procedimientos eclesiásticos, esto porque no se lee el Manual de la iglesia. Al desconocer la estructura y funcionamiento de su congregación, el creyente promedio termina inventando reglas, inclusive reprobadas por el Manual; es decir, se hacen cosas que no deben hacerse y las que si deben no las hacen.

Este desconocimiento es aprovechado al máximo por ciertos líderes y algunos campos locales, quienes terminan manipulando las pólizas y guardando silencio. ¿En dónde reside la autoridad de una iglesia local?, ¿cuáles son los niveles en la organización de la IASD?, ¿qué autoridad tiene cada uno de esos niveles? El asunto se vuelve más complejo cuando se le pregunta al adventista promedio si conoce que es el Working Policy (Reglamentos eclesiásticos-administrativos).

Al desconocer la información del Manual de la iglesia, el adventista promedio es vulnerable a la manipulación y por ende a la dominación. Cuando se educa sobre la importancia de leer y estar informado, se está en una posición que permite el mejor funcionamiento de la iglesia.

En una oportunidad un campo local despidió a un trabajador por considerar que tuvo una actitud reprochable, inmediatamente emitió una carta a la iglesia local donde ese joven tenía su feligresía. El motivo, para que fuera censurado de su membresía. Sin embargo, como los miembros de esa iglesia son personas muy preparadas y conocen a cabalidad el Manual objetaron a ese campo local. Un Anciano se levantó y solicitó devolverle la carta diciéndole a esa administración que estaban desubicados, dado que la única que tiene autoridad para disciplinar o censurar a un miembro es la iglesia local; así se hizo. Lo más interesante es que la supuesta actitud reprochable no estaba por ninguna parte en el Manual.

Sobre la ordenación de Ancianas

Desde la década de 1970, algunos campos de la División Norteamericana solicitaron la ordenación de mujeres al cargo de Anciano. La Asociación General solicito diferentes comités de investigación teológica, comenzando con el Comité sobre el rol de la mujer de Camp Mohaven (1973) hasta el Comité de estudio de la teología de la ordenación (2012-2014). La mayoría de los comités de investigación no vieron ningún impedimento bíblico para que una mujer sea ordenada al ministerio pastoral. En 1976, Gordon Hyde director del Biblical Research Institute (BRI) publicó en la revista de la denominación después de los últimos informes teológicos que: «Si Dios ha llamado a una mujer, y si su ministerio ha sido fructífero, ¿por qué tendría la iglesia que negar su acto acostumbrado de reconocimiento [ordenación]?».[6]

Ahora el asunto pasó a ser una cuestión administrativa. Y en ese sentido la Asociación General valiéndose de la recomendación teológica realizada por el Comité sobre el rol de la mujer de Camp Mohaven de 1973, presentó una redacción de esos documentos mediante el Biblical Research Institute. Sin embargo, fue en el concilio anual de 1974 donde se emitió la recomendación que luego sería aprobada en 1975:

Que en armonía con el espíritu e intención del párrafo 3 de la acción del Concilio Anual de 1974 (páginas 12-14) la mayor discreción y precaución posible sea ejercida en la ordenación de mujeres al puesto de anciana local, que en todos los casos se busque consejo de los comités de la unión y división mediante la asociación/misión local antes de proceder.[7]

En los años siguientes a 1975, la Asociación General seguiría afirmando la ordenación de las mujeres Ancianas, pero dentro de un contexto muy limitado y de «mucha cautela». Era una reglamentación que aplicaba solo a Divisiones específicas. Ya en 1984 el concilio anual aprobó por mayoría de los delegados que el voto de 1975 se expandiera. La siguiente solución se tomó como medida universal: «notificar a cada división de que es libre de hacer provisión, según lo considere necesario, para la elección y ordenación de mujeres como Ancianas de las iglesias locales».[8] Las Divisiones ahora eran libres de proceder según las necesidades de sus regiones. En realidad el voto de 1984 fue pensando como una respuesta administrativa para aplicar el voto de 1975 fuera de la División Norteamericana.

El tema de la ordenación de las mujeres Ancianas no volvió a ser discutido en los siguientes congresos de la Asociación General, al contrario, esa resolución de 1984 se reafirmó.  Y toda idea de una posible discusión contra esta resolución se esfumó, cuando en 1986, Arthur Patrick público en la revista oficial de los adventistas el artículo integro que Ellen White escribió en 1895, el cual se había traspapelado perdiéndose por más de 90 años.[9] En ese artículo, ella impulsó la ordenación de las mujeres para ministerios de la iglesia.[10] De hecho después de esa declaración, sus contemporáneos ordenaron a Diaconisas entre finales 1890 y principio de 1900.[11]

La resolución de 1984 aparece en el Manual de la iglesia de la edición de la División Interamericana de 2005 hasta la última revisión de 2015:

Toda congregación tiene la libertad de elegir la persona del sexo que considere oportuno como Anciano de su Iglesia. La persona elegida debe cumplir los requisitos para el cargo. Sin embargo, siendo que la Ordenación de mujeres como Ancianas de Iglesia puede ser un asunto que cause disensiones, ninguna Iglesia debiera programar tal acto sin previa consulta con la Administración del campo local, con el fin de salvaguardar la unidad de la Iglesia.[12]

Al aprobarse la elección y ordenación de Ancianas, se incorporó un lenguaje cuidadoso, con la finalidad de evitar problemas de unidad en la iglesia local. Pero la resolución de 1984 nunca fue aprobada con la intención de que los campos locales terminaran prohibiendo o bloqueando lo que la División ya había aprobado en su territorio. Lo que inicio como una apertura para las mujeres, terminó siendo una prohibición por algunos campos locales.

Distorsión de la elección y ordenación de Ancianas

La resolución de 1984 buscaba que las Divisiones comenzaran a impulsar la ordenación de mujeres Ancianas. Aunque esta es la idea, la misma resolución proponía cinco (5) clausulas para llevar a cabo la elección y la ordenación femenina. El lenguaje de «cautela» terminó siendo usado por los modernos Johnson como una puerta para bloquear no solo la ordenación de Ancianas sino también su elección. La cláusula dos (b) dice:

b. Si una iglesia contempla una acción de este tipo, todo el asunto debe ser discutido y aprobado por el comité de la Asociación después que la administración de la Asociación haya buscado el consejo de los líderes de la Unión. La negociación entre la Iglesia y la Asociación debe ocurrir antes de la decisión final y voto de la iglesia local.[13]

Esta cláusula está subordinada a la ceremonia de ordenación. No así a la elección de una mujer como Anciana, la resolución de la División Interamericana dice: «Toda congregación tiene la libertad de elegir la persona del sexo que considere oportuno como Anciano de su Iglesia». La autoridad para elegir a los dirigentes locales recae solo en la iglesia local, no así en la Asociación/Misión: «Los dirigentes de una iglesia local tiene que ser elegidos entre sus miembros y hallarse en plena comunión con la misma».[14] En el capítulo 9 «Las elecciones en la iglesia local» define que,

…los dirigentes de las iglesias locales son elegidos por uno o dos años a través de una comisión de nombramientos. Esta comisión presenta su informa a la iglesia, la cual toma una decisión sobre los nombres propuestos.[15]

Sobre el acto de la ordenación el Manual estipula que esta esfera de autoridad parcial le compete al campo local: «…siendo que la Ordenación de mujeres como Ancianas de Iglesia puede ser un asunto que cause disensiones, ninguna Iglesia debiera programar tal acto sin previa consulta con la Administración del campo local, con el fin de salvaguardar la unidad de la Iglesia». Esto no es solo con las mujeres, también sucede así con los hombres. La ordenación de los Ancianos compete parcialmente al campo local; ya que, es un pastor ordenado quien oficia la ceremonia, con credenciales vigentes emitidas por la Asociación.[16]

Al sacarse la cláusula dos (b) de su contexto, se termina transfiriendo la autoridad de la iglesia local a la Asociación/Misión. Esto es una violación de las esferas de autoridad en la estructura de la organización adventista (WP, B 05).[17] Ningún campo local o Unión tiene la autoridad para decirle a una iglesia local a que dirigentes puede o no elegir, y menos basado en el género.

El Manual de la iglesia introduce una nota explicativa respecto a la disponibilidad de todos los cargos de la iglesia local para hombres y mujeres. Esta nota se introdujo al hablar de los pastores, ya que en Interamericana funcionan las mujeres pastoras con credenciales de comisionadas:

Es muy importante que todos los usuarios de esta edición de 2015 del MANUAL DE LA IGLESIA tengan en cuenta que en las listas completas de cargos y responsabilidades eclesiásticas se especifica que pueden ser asumidos por varones o mujeres (por ejemplo, anciano o anciana, director o directora, secretario o secretara, tesorero o tesorera…), ya que en español el género masculino referido a personas comprende los dos sexos.[18]

Es una tremenda contradicción usar la resolución de 1984, que permite a las iglesias locales dentro de su autoridad nombrar a mujeres Ancianas, sacando una clausula fuera de su contexto, ¿para terminar prohibiendo lo que ya se aprobó? Si un dirigente o campo local intenta argumentar contra las Ancianas en base al género, hay dos opciones: son analfabetas porque no leen la explicación del Manual o sencillamente son un «testarudo» Johnson, como diría Ellen White.

¿Se puede prohibir la ordenación de las Ancianas?

En 2015 sucedió un incidente en el Seminario; había una mujer en uno de los cursos próximos a graduarse de teología. El reglamento de esa institución estipula que todo estudiante debe ser Anciano ordenado para poder graduarse. Mientras los estudiantes masculinos se preparaban para ser ordenados, se le notificó a esta estudiante femenina que no sería ordenada.

Siendo que el Seminario pertenece a la División Interamericana, tal procedimiento era inaceptable. Cuando pregunte a un directivo de esa institución sobre la negativa de ordenación, le terminó lanzando la carga a la distorsión: «el campo local es quien decide sí se ordena». De inmediato detecte la alteración de la póliza. Estos modernos Johnson no se dan cuenta que sus actos de cobardía serán reconocido por las futuras generaciones. De modo que escribí a un directivo de la División para manifestar mi rechazó a tal acto inescrupuloso, aunque ya había sido ordenado como Anciano, me empatice con mi colega y dije a la administración que sí a ella no se le ordenaba yo entregaría mis credenciales de ordenado. Al final el curso se unió y emitió una carta de protesta, junto a la movida de aquel directivo de la División, ella finalmente fue ordenada.

Sin embargo, ¿puede un campo local prohibir la ordenación de una Anciana por ser mujer? La cláusula dos (b) de la resolución de 1984 no dice esto. De hecho lo que dice esa cláusula dentro de su contexto es que el campo local debe estar en estrecha relación con la iglesia local, para tomar una decisión favorable a esa iglesia, no a los propósitos del campo. Aquí es donde entra el Workin Policy, el enunciado BA 60 de la póliza es claro:

La Iglesia mundial apoya la no discriminación en las prácticas y las políticas de empleo y defiende el principio de que tanto hombres como mujeres, sin distinción de raza y color, se dará plena e igualdad oportunidades dentro de la Iglesia para desarrollar el conocimiento y la habilidades necesarias para la edificación de la Iglesia. Posiciones de servicio y responsabilidad (salvo los que requieran la ordenación al ministerio del evangelio*) en todos los niveles de actividad de la iglesia estará abierta a todos, sobre la base de la calificaciones individuales.[19]

El adventismo reconoce que el único ámbito donde se impide la ordenación de una mujer, es en el ministerio pastoral. Una discusión contra la ordenación de Diaconisas y Ancianas en 2017 es irrelevante y representa una violación sobre el progreso que los adventistas han desarrollado del liderazgo femenino:

[…] Asimismo, sostenemos que las mujeres deberían desempeñar un papel cada vez más relevante en el liderazgo y en la toma de decisiones, tanto en la iglesia como en la sociedad. Por último, creemos que la iglesia cumplirá su misión únicamente cuando las mujeres puedan desarrollar su verdadero potencial.[20]

No se puede prohibir la elección y la ordenación de las mujeres al cargo de Anciana. Los campos locales que imponen una prohibición, están violando el Manual de la iglesia, por lo que sus actos no son legítimos y menos éticos; porque discriminan en base al género, distorsionando la resolución de 1984, yendo contra el propio texto. La iglesia local «tiene la libertad de elegir la persona del sexo que considere oportuno como Anciano de su Iglesia».

Conclusión

Ellen White culminó su carta deseando que Johnson pudiera vestirse con «el vestido de bodas» y permitir que la justicia de Cristo haga su trabajo. No hay nada sabio en ser testarudo, así como tampoco el pensar que los hombres son «el todo» de la iglesia. Las mujeres pueden hacer un trabajo más amplio si como iglesia respetamos sus capacidades y liderazgo. En vez de estar preocupados en poner piedras de estorbo, deberíamos preocuparnos por elegir Ancianos, sean hombres o mujeres para que puedan fortalecer sus iglesias.

Ninguna mano debe ser atada, ninguna alma desalentada, ninguna voz silenciada; dejad que cada individuo trabaje, privada o públicamente, para ayudar en el avance de esta obra grandiosa. Poned las cargas sobre los hombres y las mujeres de la iglesia, para que puedan crecer con la práctica, y así llegar a ser agentes en las manos del Señor para el esclarecimiento de quienes moran en tinieblas.[21]

  1. Ellen White al «Hno. Johnson», Carta 33, 1879 (Silver Spring, MD: Ellen G. White Estate, s/f, 1879). Esta carta aparece en ídem, Manuscript Releases [Nos. 1360-1419] (Silver Spring, MD: Ellen G. White Estate, 1990), 19: 55-61.
  2. Ibid., 55.
  3. Ibid.
  4. Ibid.
  5. Ibid., 56.
  6. Gordon Hyde, «The Ordination of Women», Review and Herald, 28 de octubre de 1976: 12-13. En adelante RH.
  7. Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, «Role of Women in the Church», General Conference Comitt 1975, 74. Ver actas en «Concilio Anual de 1975», Escogidas para servir, https://drive.google.com/file/d/0Bxa-xjkVWScYMkNRcDhXVU10aEk/view (consultado: 10 septiembre, 2017).
  8. Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, «Women (Local Church) Elders – Election and Ordination», General Conference Comitt 1984, 387-388. Ver actas en «Concilio Anual de 1984», Escogidas para servir, https://drive.google.com/file/d/0Bxa-xjkVWScYVlRpYTM1QkFJZmM/view (consultado: 03 de octubre, 2017).
  9. Arthur N. Patrick, «The Ordination of Deaconesses», Adventist Review, 16 de enero de 1986, 18- 19.
  10. «Aquellas damas que tienen voluntad de consagrar algo de su tiempo para el servicio a Dios debieran ser encargadas para visitar a los enfermos, atender a los jóvenes y ministrar a los pobres. Debieran ser separadas para esta tarea por la oración y la imposición de manos. En algunos casos necesitarán el consejo de los dirigentes de la iglesia o del pastor. Pero si son mujeres consagradas que mantienen una comunión vital con Dios, serán un poder para el bien en la iglesia. Este es otro medio para fortalecer y hacer crecer la iglesia. Necesitamos agregar nuevos métodos de labor.». Ellen White, «The Duty of the Minister and the People», RH, 09 de julio de 1895.
  11. Corliss y McCullagh «apartaron al anciano, los diáconos y las diaconisas por la oración y la imposición de manos», en la iglesia de Ashfield en Sidney el 10 de agosto de 1895. El 07 de enero de 1900 W.C. White ordenó a otras mujeres «el pastor White ordenó e impuso las manos sobre los ancianos, diáconos y diaconisas». Ver Ellen White, Hijas de Dios, 267. John N. Loughborough, el 01 de enero de 1899, ordenó como Anciana a Leta Silkwood en la Iglesia de Santa Ana. Ver Bryan Strayer, J. N. Loughborough: The Last of the Adventist Pioneers (Washington, DC: Review and Herald Publishing Association, 2013), 362.
  12. División Interamericana de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, Manual de la iglesia (Doral, FL: IADPA, 2015), 205.
  13. Ibid., 205.
  14. Ibid., 64.
  15. Ibid., 107.
  16. Ibid., 65.
  17. Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, Working Policy 2014 – 2015 (Washington, DC: Review and Herald Publishing Association, 2014), 51-54.
  18. Manual de la iglesia, 6.
  19. Workin Policy, 117-118.
  20. Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, Declaraciones, orientaciones y otros documentos (Doral, FL: Asociación Publicadora Interamericana, 2011), 57-58.
  21. Ellen White, «Why the Lord Waits», RH, 21 de julio de 1896, 449.

    Daniel A. Mora ha sido co-editor de los libros Apartadas para el ministerio: Una perspectiva adventista sobre la ordenación (Lima: Ediciones Fortaleza, 2015) y Elena G. de White: Manteniendo viva la visión (Venezuela: Ediciones SETAVEN, 2015). Autor del capítulo «Mujeres pastoras del siglo XIX en la Iglesia Adventista del Séptimo Día».

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