Por David Geelan  |  20 de abril, 2022  |

A inicios de este año estuve unos días sin poder ver, y eso me hizo pensar en el papel de nuestros sentidos en la vida y en la fe religiosa. He tenido la suerte de no estar infectado por el COVID-19 (todavía), pero muchas personas de todo el mundo han visto afectados sus sentidos del gusto y el olfato, por lo que la experiencia de recordar lo mucho que dependemos de nuestros sentidos al perderlos por un periodo determinado de tiempo, no es una experiencia aislada.

En el primer sábado del nuevo año, acepté hacer Adventist Today Sabbath Seminar (conocido como Conversatorio AT – Latinoamérica), pero tuve que retirarme; una ulcera en la córnea de mi ojo derecho, se traducía en un dolor insoportable cada vez que mi parpado se movía contra el ojo. Lo que me obligaba a tener el ojo cerrado, para no parpadear y evitar el insoportable dolor. Incluso cuando estaba cerrado, el simple hecho de girar el ojo era doloroso. Ni siquiera podía usar el otro ojo, porque los ojos se mueven juntos.

Lo único soportable que podía hacer era sentarme completamente quieto con los ojos cerrados e inmóvil. Escuché muchos podcasts y mucha música, porque era lo único que podía hacer. Y pasé mucho tiempo pensando. Las personas que son ciegas durante periodos más largos adquieren habilidades y se adaptan y aprenden estrategias, pero una pérdida breve y temporal de un sentido hizo que fuera un reto aprender a desplazarme por el tacto si necesitaba moverme.

A mi mente vino Mateo 6 que trata de la ceguera espiritual, pero yo lo sentí de una manera muy física: “El ojo es la lámpara del cuerpo. Por tanto, si tu visión es clara, todo tu ser disfrutará de la luz. Pero, si tu visión está nublada, todo tu ser estará en oscuridad. Si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué densa será esa oscuridad!”. Cuando por fin recibí tratamiento y alivio, tuve un renovado asombro y aprecio por el sentido de la vista, que muchas veces ignoramos. Ese día grite: “¡Qué día tan hermoso!” casi todos los días, pero el mero hecho de poder leer un menú, jugar en la computadora o ver a los pelícanos sobrevolando mi cabeza me parecía algo nuevo.

Creo que a veces, en contextos de fe, hay una tendencia a restar importancia a nuestros sentidos: a confiar en la revelación por encima de la experiencia directa. Y ciertamente puede haber una desconfianza puritana a la hora de disfrutar realmente de las experiencias que nos proporcionan nuestros sentidos. Pero la Escritura está repleta de apelaciones a nuestros sentidos: “Gustad, y ved que es bueno Jehová”, “El que tenga oídos, que oiga”. A los creyentes se nos pide que seamos la “sal y luz”: ser un sabor en el mundo, y algo que permita a los demás ver. “Si la sal ha perdido su sabor, ¿con qué se salará?”.

En el camino a Damasco, después de su experiencia de conversión, Pablo (llamado Saulo) quedó ciego y tuvo que ser guiado a la ciudad. Tal vez fue una ocasión –como mi situación, solo que lo mía era algo modesto- para reflexionar, para hacer balance del rumbo de su vida y reexaminar sus supuestos a la luz (¡eh!) de nuevos supuestos. También ayunó durante este tiempo, haciendo una pausa de los sentidos del gusto y del olfato y de la sensación de saciedad, de nuevo probablemente para centrar su mente.

Por lo general creemos que tenemos cinco sentidos (tacto, gusto, olfato, oído y vista), pero tenemos más. Las sensaciones de hambre, sed y saciedad de ambos están relacionadas con los cinco sentidos, pero tienen diferentes señales en nuestro cuerpo. Mientras no podía ver, dependía del sentido de la “propiocepción”: es el sentido que nos proporciona la capacidad de detectar el movimiento y de su posición en relación con otros objetos.

Los placeres del Edén y los placeres prometidos de la Nueva Tierra son placeres sensoriales: cosas bellas para ver y oír, cosas deliciosas para saborear y oler, cosas agradables para tocar.

La desconfianza en nuestros sentidos ha surgido en parte del problema real de los excesos, y del uso de nuestros sentidos de forma que perjudican a los demás. Los placeres de los sentidos que son buenos para nosotros con moderación y la reciprocidad, también son malos para nosotros y para los demás en el exceso y la explotación… y no sólo hablo de los placeres sexuales, sino de la sobrealimentación, el exceso de visión y los excesos en relación con todos nuestros sentidos.

La historia ilustrativa de Tomás, el “incrédulo”: quería la evidencia directa y tangible de su sentido del tacto, para aceptar que Jesús había vuelto de verdad y que éste era realmente Jesús. Y aunque a menudo se muestra como algo de poca importancia, Jesús no lo rechazó. Le dio esa evidencia directa que necesitaba, y luego le dijo: “Porque me has visto, has creído; dichosos los que no han visto y sin embargo creen”. No creo que Jesús estuviera reprendiendo a Tomás; más bien, estaba extendiendo la oportunidad de creer a aquellos que no están en las condiciones de obtener la evidencia directa de sus ojos y manos.

La apelación para validar las enseñanzas en 1 de Juan, son los sentidos de los apóstoles: “Lo que ha sido desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado, lo que hemos tocado con las manos, esto les anunciamos respecto al Verbo que es vida…”.

La ciencia es esencialmente extensiones de nuestros sentidos: podemos ver algunas cosas muy pequeñas, pero un microscopio óptico nos permite ver cosas mucho más pequeñas, no accesibles directamente a nuestros ojos, y un microscopio electrónico de barrido (STM) nos permite ver hasta el nivel de los átomos. Lo mismo ocurre con los telescopios ópticos para ver cosas a gran escala… y luego podemos utilizar radiotelescopios con ordenadores para crear imágenes de patrones de ondas de radio que no son directamente accesibles a nuestros ojos. Del mismo modo, ampliamos nuestros otros sentidos de diversas maneras para mejorar nuestro acceso y comprensión del mundo natural que nos rodea.

Nuestros sentidos son poderosos, pero también vulnerables a las ilusiones y los errores. Las ilusiones ópticas pueden ser increíblemente convincentes para nuestros sentidos, hasta el punto de que es imposible ver a través de la ilusión la realidad subyacente. Nuestros sentidos no son perfectamente fiables, y es necesario probar y comprobar nuestras conclusiones, con otras personas y con diferentes formas de evidencia, para asegurarnos de que la imagen que construimos del mundo basada en nuestras sensaciones es lo más exacta posible.

La dicotomía “cuerpos malos, espíritus buenos” que a veces lleva a los creyentes a desconfiar del uso de sus sentidos surge en los filósofos griegos, mucho más que en las enseñanzas de Jesús y del Antiguo Testamento, donde se enseña una comprensión mucho más holística de la relación entre cuerpo y espíritu. No se nos describe como espíritus eternos y perfectos que viven en horribles cuerpos carnales, sino como una unidad. En ese marco, la apelación a nuestros sentidos, y a disfrutar de los placeres sensitivos de una vida sencilla dedicada al servicio, es algo que hay que abrazar en lugar de rehuir o temer.

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Traducido y editado por Daniel A. Mora, B.Th. Editor para AToday Latinoamérica. 

 

El Dr. David Geelan es el esposo de Sue y padre de Cassie y Alexandra. Empezó en el Avondale College, y actualmente es profesor y director nacional de la Escuela de Educación, dentro de la Facultad de Educación, Filosofía y Teología de la Universidad de Notre Dame en Sydney, Australia.

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