Por Daniel A. Mora  |  25 Octubre 2021  |

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En un reciente artículo publicado en la Revista Adventista de la División Sudamericana[1] (DSA) en julio, el autor Marcos Blanco hizo una serie de duras críticas del efecto que el contexto social contemporáneo está teniendo sobre la identidad adventista. Algunos miembros, dice el autor, “consideran que nuestras enseñanzas son demasiado sectarias y se sienten incomodos con ellas”. También mostro su incomodidad sobre el hecho de que estos miembros quieren seguir siendo adventistas, cuando “abogan por una redefinición de nuestra identidad”. Aunque no dice en qué aspecto nuestra identidad adventista corre peligro de cambiar, excepto en que rechazarían “cualquier rastro de exclusividad o distinción”.

Cuando se publican este tipo de cosas, es evidente que hay una preocupación latente en los dirigentes adventistas, un grado de incomodidad y perplejidad por la reacción de muchos miembros hacia las instituciones religiosas, que intentan abordar con una censura mordaz.

No obstante, sus preocupaciones se basan en la realidad. El descontento de muchos adventistas (sobre todo de los nacidos después de 1965) es cada vez más visible. Estas nuevas generaciones se sienten agobiadas por la rigidez de la denominación, la falta de creatividad y un liderazgo unidireccional que no permite la diversidad de ideas.

Con todo, mi experiencia es que los jóvenes adventistas contemporáneos están hambrientos de una experiencia cristiana real y tangible en sus vidas, adecuada a su contexto cultural. No se conforman con oír las experiencias de otras personas, ni con leer sobre ellas en libros, ni con discutir interminablemente sobre procedimientos, decisiones y políticas administrativas de arriba abajo. No les basta con oír lo que le ocurrió a un grupo de habitantes de Nueva Inglaterra hace 200 años. Como me recordó mi amigo Christian Vertucci: “Queremos ser hijos de Dios, no nietos ni bisnietos”.

Las generaciones actuales quieren experimentar por sí mismas lo que hicieron sus antepasados: Que Dios rompa las cadenas de la injusticia, la desigualdad y el sufrimiento, así como el dogma y la tradición, que nos atan. Al encontrarse con Jesús, ven la intolerancia y la intransigencia de los sistemas religiosos conservadores y fundamentalistas, no sólo en cuanto a la eficacia en la sociedad que les rodea, sino también para la experiencia espiritual de los propios adventistas.

Redefinirse o arruinarse

Por su parte, el liderazgo conservador del sistema religioso adventista se preocupa de que las normas estén siendo socavadas, y su autoridad amenazada. Y en parte tienen razón: los adventistas contemporáneos están desafiando viejas tradiciones e interpretaciones dogmáticas.

Lo interesante es que las antiguas tradiciones están siendo cuestionadas a través del análisis bíblico.

Los adventistas posmodernos encuentran en el relato evangélico a un Jesús que no excluye ni discrimina a nadie (Juan 6:37; Mateo 22:9; Marcos 2:17; Lucas 14:21). Ven a un Jesús que declaró que el amor es el principio de la entrega a Dios (Mateo 22:37; Juan 13:15) y que practicó la justicia social como la forma de ser un verdadero discípulo (Lucas 4:18-19; Mateo 25:31-46); que se distanció del sectarismo religioso y desafió a la religión de su tiempo a redefinirse.

La redefinición no es algo negativo. Es un intento de hacer que la gente considere algo de una manera nueva. Sin embargo, la redefinición plantea retos legítimos a la tradición y nos pide que contextualicemos el Evangelio a la cultura y los tiempos en los que se predica (Mateo 28:19-20 cf. 1 Corintios 9:19-23). Los sistemas religiosos lo encuentran amenazante.

De modo que el adventismo no debería encontrarlo amenazante, porque desde sus inicios nuestra iglesia se percibió a sí misma no como una denominación tradicional, sino como un movimiento: dinámico, cambiante, que se niega a estancarse, que se mueve, avanza y progresa.

Ellen White dejó claro que la verdad es progresiva. Despreció la palabra “conservador”[2] como descripción del movimiento adventista. Las siguientes declaraciones de 1892 revelan su pensamiento:

Las opiniones sostenidas durante mucho tiempo no han de ser consideradas infalibles. La falta de disposición para abandonar las tradiciones por largo tiempo establecidas fueron la ruina de los judíos … Los que sinceramente desean la verdad no vacilarán en abrir sus posiciones para la investigación y la crítica, y no se sentirán turbados si sus opiniones e ideas fueren contradichas. Este era el espíritu que compartíamos hace cuarenta años.[3]

Muchos de los conceptos comunicados por la iglesia son hostiles y excluyentes, como los relativos a las personas LGBTQ+. Nos acercamos “amablemente” a la sociedad actual y les decimos que los adventistas son superiores, mientras les recordamos que ellos mismos son totalmente inadecuados porque no son tan altivos o engreídos como nosotros, y luego nos asombramos cuando no nos escuchan.

El verdadero temor

La sensación de los dirigentes adventistas de que la gente está perdiendo el interés por el tipo de religión que presentan, tal y como se transmite en el artículo de Marcos Blanco, está justificada, y se refleja en las estadísticas. Esta tabla documenta los nuevos miembros que entraron y salieron de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en la División Sudamericana en un periodo de diez años (2010 a 2020).

PERDIDA DE MIEMBROS EN LA DIVISION SUDAMERICANA (2010 al 2020)
Total de ganancia

4.079.196 (100%)

Total de perdida

3.526.923 (86.46%)

= Crecimiento Neto

552.273 (13.54%)

PERDIDA DE MIEMBROS EN LA UNION ASOCIACIÓN ARGENTINA (2010 al 2020)
Total de ganancia

120.876 (100%)

Total de perdida

107.933 (89.29%)

= Crecimiento Neto

12.943 (10.71%)

PERDIDA DE MIEMBROS EN LA MISIÓN BONAERENSE DEL NORTE (2018 al 2020)
Total de ganancia

1.890 (100%)

Total de perdida

2.105 (-1.11%)

= Crecimiento Neto

-215 (-1.11%)

Las estadísticas, en una parte del mundo que se jactó de su crecimiento durante décadas, se han vuelto sombrías. Por cada diez personas que se unen a la iglesia en la División Sudamericana, ocho la abandonan. En Argentina es aún peor: nueve se van por cada diez que se unen.

En 2018 una nueva oficina la Asociación Bonaerense se dividió, formando la Misión Bonaerense del Norte con una membresía de 12.902. Hoy ese territorio tiene una membresía de 12.687, lo que significa que se han ido más personas de las que se han unido a la iglesia.

Esta crisis se repite en otras Divisiones.

Nuestra verdadera crisis

Aquí en América Latina, donde he pasado mi vida, el obstinado conservadurismo de la iglesia ha hecho un daño irreparable. A pocas calles de las oficinas de la Revista Adventista de la DSA se encuentra la Iglesia Adventista de Florida, una de las principales congregaciones de la región y que sirve a los líderes de la iglesia en varias instituciones. Un grupo de jóvenes de esa congregación había creado un programa juvenil increíblemente exitoso llamado AFTER WEEK, donde estudiaban la Biblia, compartían y cantaban música cristiana contemporánea con instrumentos de percusión. No hace mucho, sin permitir la discusión con la Junta Administrativa de la Iglesia, un pequeño núcleo de líderes de la iglesia cerró el programa juvenil autogenerado, alienando a estos jóvenes que se trasladaron a otro lugar. ¿Por qué iban a suponer que la iglesia tenía en cuenta sus intereses?

Como si esto no fuera suficiente, ahora otros líderes con el pastor pusieron sus ojos sobre el programa infantil llamado EJU, que ha servido por años como una continua escuela bíblica de vacaciones en la Iglesia de Florida. Con criterio hostil los acusaron de estar introduciendo música “evangélica” y que sus programas no eran de origen “adventista”, por lo que estaban dañando a los niños. No les bastó destruir a los jóvenes, ahora se están metiendo con los niños.

En su artículo editorial, Marcos Blanco parece, de nuevo, extrañado de que “muchos que dejaron de congregarse por causa de la cuarentena no han querido volver a la iglesia. Se conforman con sobrevivir sobre la base de sermones por YouTube”. Y de nuevo, tiene razón. Tengo amigos que se sienten más alimentados por los sermones y cultos de adoración en otras iglesias adventistas como las de Loma Linda, o los Peregrinos en Hialeah y Forest City en Orlando. Están encontrando más consuelo espiritual a 9.000 kilómetros de distancia que en sus congregaciones locales, a través de la predicación de pastores como Arnaldo Cruz, Roger Hernández y Joel Barrios. Los jóvenes se están dando cuenta de que las actividades y los conceptos que son condenados en América Latina son normales y naturales entre los adventistas de otras regiones.

Marcos Blanco escribió en su editorial de la Revista Adventista: “Sí, se llaman adventistas, y les gusta beneficiarse de lo que la Iglesia Adventista como institución ofrece (materiales impresos y audiovisuales relevantes, una comunidad que nos apoya, una enseñanza sólida en cuanto a la salud y la familia), pero no consideran que tengan alguna responsabilidad para hacer avanzar la misión en contextos desafiantes como los que vivimos. En otras palabras, sin ninguna responsabilidad, sólo quieren recibir los beneficios de la comunidad, pero contribuyen poco y nada.”

¡Qué valoración más ingrata! ¿Por qué debería la gente querer avanzar en una misión que es exclusivista y excluyente, que tiene más que ver con la tradición institucional que con Cristo? La gente no apoyará ni se preocupará por la estructura adventista conservadora -y no debería hacerlo- si quienes dirigen la iglesia no se preocupan, escuchan, respetan y tratan con dignidad a los miembros adventistas.

¡Esta es la verdadera crisis del adventismo!

Como afirma David Trim, director de los Archivos Adventistas, en los informes estadísticos sobre la pérdida y retención de miembros adventistas presentados en los congresos de la Asociación General: “No se trata de doctrinas. Se trata de relaciones […] No se trata de doctrinas. Se trata de cuidar a las personas”.[4]

La identidad del remanente

Marcos Blanco sostiene su argumento de “un mensaje y una misión especiales para el tiempo del fin” en una lectura tradicional y cerrada de Apocalipsis 12:17. Pero esa lectura tradicional no resiste una exégesis rigurosa. En griego “los mandamientos de Dios” y “el testimonio de Jesús” están en caso genitivo, lo que significa que Dios y Jesús son el objeto directo de los mandamientos y el testimonio: el remanente comparte la misma identidad de Jesús y de Dios.

Pero bíblicamente, ¿qué es realmente esa identidad?

“Los mandamientos de Dios” aparece dos veces en el Apocalipsis (12:17, 14:12.) En el Nuevo Testamento el significado de entolē (mandamiento) no se limita a la ley formal (nomos) como los Diez Mandamientos o el sábado;[5] En la literatura de Juan, entolē tiene el significado más informal como un encargo o una regla de vida.[6] “El testimonio de Jesús” aparece siete veces en el Apocalipsis. El sustantivo griego martyrian significa testigo o testimonio. Si se toma como genitivo subjetivo, la frase significa el testimonio que Jesús dio de sí mismo en los Evangelios y a los apóstoles.[7] (Apocalipsis 14:12, tēn pistin Iēsou “la fe de Jesús” [8] es una frase paralela a “el testimonio de Jesús”.

En otras palabras, el remanente comparte la misma identidad que Jesús: como él, poseen y viven la esencia de “los mandamientos” y “el testimonio”. Esa esencia se describe mejor en Juan 13: 34 (TLA): Les doy un [entolē] mandamiento nuevo: Ámense unos a otros. Ustedes deben amarse de la misma manera que yo los amo”.

La última frase de Apocalipsis 19:10, “el Espíritu de la profecía”, está subordinada al testimonio de Jesús. Hans LaRondelle advirtió sobre el peligro de reemplazar o sustituir el testimonio histórico de Jesús por el del “Espíritu de profecía”: “Tal interpretación hará que el testimonio de Jesús en Apocalipsis 12:17 sea exclusivamente un don de visiones dado a unos pocos creyentes selectos en el momento del fin”.[9]

Esto significa que todos los creyentes -no sólo los profetas- participan del testimonio y la fe de Jesús. Tampoco es exclusivo de la iglesia de los últimos tiempos, sino que es una característica de toda la dispensación cristiana y se afirma a través del martirio de los cristianos en todas las épocas (cf. Apocalipsis 1:9; 6:9; 13:15-17; 20:4). Es por la fe que los creyentes en Jesús se convierten en hijos e hijas de Dios: “Yo les he dado a conocer quién eres, y seguiré haciéndolo, para que el amor con que me has amado esté en ellos, y yo mismo esté en ellos”. (Juan 17:26 NVI).

El remanente se identifica no sólo por el sábado y Ellen White, sino por el amor (1 Juan 3:23) y las buenas noticias dadas por Jesús (Colosenses 2:6; Juan 14:15).

¿Nuestra exclusividad?

La distinción del adventismo no consiste en sostener determinadas interpretaciones escatológicas, declaraciones doctrinales o normas sobre cómo deben o no hacerse las cosas, sino en reproducir el Evangelio liberador de Jesús, llevar alivio a los oprimidos, servir como Jesús nos sirvió a nosotros, y amar de tal manera que el mundo diga: “Deseo conocer a Jesús.”

En nuestra condición actual corremos el peligro como los cristianos gnósticos del primer siglo, que pensaban que la teoría y el conocimiento eran los medios de salvación, y podían desplazar a Cristo. El mismo Jesús que habla a Juan en el Apocalipsis profetizó que cuando se acerque el fin del mundo “habrá tanta maldad que el amor de muchos se enfriará” (Mateo 24: 12 NVI).

¿Por qué los adventistas cambiamos nuestro enfoque? Las profecías son sólo una demostración de que el tiempo se acorta por amor de los escogidos (Mateo 24:22), pero no cambia la esencia de la identidad y la misión que Jesús dio a todos los cristianos en todas las épocas (Mateo 28:19): que el fin del mundo vendrá por la proclamación de la gracia de Jesucristo:

Y este evangelio del reino se predicará en todo el mundo como [martyrion] testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin. (Mateo 24:14 NVI)

La verdadera crisis de identidad en el adventismo es poner más énfasis en cuestiones secundarias -a menudo no muy relevantes- que en el Evangelio. La crisis no es sólo que tendemos hacia lo legalista y tóxico, sino que no hemos hecho del amor y la misericordia la esencia de la identidad adventista.

Cuando escucho críticas a los adventistas contemporáneos, como que “predican mucho amor e ignoran la profecía”, me parece que no hemos aprendido absolutamente nada del Evangelio. Pablo, que fue transformado por el amor de Jesús, lo dijo simplemente.

Si tengo el don de profecía y entiendo todos los misterios y poseo todo conocimiento, y si tengo una fe que logra trasladar montañas, pero me falta el amor, no soy nada… pues, permanecen estas tres virtudes: la fe, la esperanza y el amor. Pero la más excelente de ellas es el amor. (1 Corintios 13: 2, 13 NVI).

Si transformó a Pablo, un fariseo fundamentalista, también puede transformarnos a nosotros.


  1. Marco Blanco, Revista Adventista (South American Division) 30 July 2021, “The Crisis of the Remnant.”
  2. See Counsels to Writers and Editors, ​​chapter 4: “Attitude to New Light”
  3. Counsels to Writers and Editors, page 36
  4. https://www.adventistresearch.info/wp-content/uploads/NR2017TED_3.pdf
  5. Mark Allen Turner, An Evaluation of the Traditional SDA Understanding of the Identity of the ‘Rest of Her Seed’ in Revelation 12:17 (These, Avondale College, 2015), 56-58.
  6. Ver “entolē” in F. Wilbur Gingrich, Shorter Lexicon of the Greek New Testament, ed. Frederick W. Danker, 2nd ed. (Chicago: University of Chicago Press, 1983), BibleWorks. v. 9; Ver “entolē” in Joseph Thayer, A Greek-English Lexicon of the New Testament (s. l.: s. e., 1889), BibleWorks, v. 9; Ver “entolē” in Timothy Friberg, Barbara Friberg, and Neva F. Miller, Analytical Lexicon to the Greek New Testament, Baker’s Greek New Testament Library (Grand Rapids: Baker, 2000), BibleWorks, v. 9.
  7. Turner, An Evaluation of the Traditional SDA, 60-66.
  8. Ibid.
  9. Hans LaRondelle, Las profecias del fin: Enfoque contextual-bíblico [How to Understand The End-Time Prophecies of the Bible] (Buenos Aires: ACES, 1999), 293-294.

Daniel A. Mora writes from Panama.

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