Denis Fortin | 14 de julio del 2022 |

Lea la primera parte de esta serie aquí.

Este documento fue escrito por Denis Fortin y es el discurso presidencial que se presentó en la Sociedad Adventista de Estudios Religiosos (ASRS) en San Diego, California, el 21 de noviembre de 2019. Publicado en Spectrum. Usado con permiso.

En mi recomendación del libro de Michael Campbell sobre la historia de la Conferencia Bíblica de 1919, escribí lo siguiente:

“Durante más de medio siglo, pocas personas conocieron los debates que tuvieron lugar en esta Conferencia Bíblica de 1919. Los administradores de la iglesia, los pastores y los profesores habían luchado con los desafíos planteados a muchos aspectos de la interpretación profética adventista y el papel que los escritos de Ellen White deberían tener en las interpretaciones bíblicas e históricas. Las opiniones estaban claramente divididas, pero la sombra del Fundamentalismo creó un contexto de vacilación e incertidumbre en el que las discusiones honestas y transparentes se vieron obstaculizadas y se silenciaron deliberadamente. La verdad parecía ser inconveniente. Si las transcripciones de esta Conferencia se hubieran dado a conocer poco después de estas reuniones, el Adventismo del Séptimo Día sería probablemente en la actualidad muy diferente”.[1]

Pero las transcripciones no estaban disponibles. Quedaron enterradas y con ello mucha información sobre los difíciles retos a los que se enfrentaron nuestros colegas hace cien años.

Por supuesto, esta falta de transparencia fue posible porque los líderes de la iglesia estaban al mando y los mecanismos de responsabilidad no funcionaban muy bien. No podemos hacer nada contra este ocultamiento de la información, pero a mí, como historiador y teólogo, me lleva a preguntarme por las consecuencias de esta decisión y por lo que, sin quererlo, nos hizo llegar a ser.

Lecciones del pasado

¿Qué lecciones podemos aprender de esto? Una serie de lecciones que he aprendido de la experiencia de nuestros antepasados en la Conferencia Bíblica de 1919 y de lo que hemos vivido como iglesia desde entonces me han llevado a decir, como Prescott, que yo también he tenido que ajustar mi visión de las cosas.

La fe y las creencias cristianas son el resultado de un conjunto de factores. Los protestantes, en general, hablan de Sola Scriptura, es decir, de la sola Escritura como norma de fe y práctica. Por supuesto, hay otros factores que entran en escena y nunca es realmente sólo la Biblia la que informa o da forma a lo que la gente llega a creer y practicar en su comunidad de fe. La mayoría de las comunidades protestantes tienen confesiones de fe o declaraciones doctrinales que se adoptaron para consolidar diversas posiciones en materia de fe y práctica. Todas ellas dan prioridad a las Escrituras, pero con el tiempo han dado a las Escrituras una posición primaria de autoridad en lugar de una autoridad única, y a medida que pasa el tiempo las confesiones de fe adquieren más autoridad definitoria para establecer los límites de las expresiones de fe aceptables dentro de sus comunidades.[2]

Probablemente aquí es donde nos encontramos como adventistas del séptimo día hoy con nuestras 28 Creencias Fundamentales, el Manual de la Iglesia y un sinfín de políticas de la iglesia, junto con los escritos de Ellen White tal como se entienden y enfatizan ahora. Estos documentos proporcionan los límites esenciales de lo que es aceptable dentro de nuestra comunidad.

Estamos familiarizados con el esquema wesleyano para comprender la voluntad de Dios y el modo en que las personas se apropian de la revelación de Dios: La Escritura, la tradición, la razón y la experiencia. Los cuatro lados de este cuadrilátero no tienen la misma longitud (el cuadrilátero no es un cuadrado); por lo tanto, estos cuatro elementos no tienen la misma autoridad en la formación de una comunidad de fe. Tal vez sea más útil entender esta relación como un trapezoide con un lado, la Escritura, más largo que los otros, con la experiencia y la razón ayudando a entender la revelación de Dios a través de la Escritura y como se evidencia en la historia de su pueblo (tradición).[3]

Sin embargo, el lado de la experiencia del trapecio puede ser mucho más largo de lo que pensamos o queremos admitir. El papel inconsciente de la experiencia en la conformación de nuestra comunidad de fe ha sido descuidado en los estudios religiosos de nuestra denominación.

Al ocultar las conversaciones de la Conferencia Bíblica de 1919, nuestra comunidad perdió información sobre las preguntas honestas de nuestros colegas en relación con diversos asuntos de las interpretaciones adventistas y sobre el ministerio de Ellen White y el propósito de sus libros. En cambio, se transmitió una cierta percepción de inerrancia e infalibilidad. Como relata y analiza George Knight en su reciente libro, lo que las generaciones posteriores recibieron fue una comprensión sesgada y erróneamente informada de sus escritos. La vida después de la muerte de Ellen White adquirió aspectos de una mitología. Lo que tenemos aquí es la evolución natural de una tradición o de una creencia recibida a medida que se va moldeando y elaborando por medio de cierta información y por la falta de otro tipo de información. Lo que las generaciones posteriores llegan a creer es diferente de lo que sabían las generaciones anteriores. Sin saberlo e inconscientemente, pero a veces de forma intencionada y deliberada, la experiencia de fe de una comunidad moldea y transforma lo que las generaciones futuras llegan a entender que Dios les dice.

En el contexto teológico de la época, en la era fundamentalista de las décadas del 20 hasta el 40, para algunos pastores y profesores, el miedo a ser condenados al exilio o a ser tachados de impostores era un poderoso factor de disuasión para ser honestos y revelar lo que sabían. Lo que las generaciones posteriores llegan a creer está condicionado por generaciones y experiencias intermedias. En nuestro caso, las generaciones intermedias ocultaron algunas informaciones que no armonizaban con su visión de la revelación y la inspiración y transmitieron una visión acorde con su horizonte. La ocultación de las transcripciones de la Conferencia Bíblica de 1919 y la prohibición de debates abiertos sobre temas difíciles crearon una discontinuidad en la recepción de información sobre diversos aspectos de nuestro pasado.

En los estudios histórico-teológicos nos enfocamos en el desarrollo de doctrinas, creencias, movimientos e ideas. En nuestras discusiones adventistas, hablamos de que la verdad es progresiva cuando intentamos explicar los cambios que se han producido entre nosotros, ya sea en lo que se refiere a algunos aspectos de la relación entre la fe y las buenas obras, desde las visiones no trinitarias de Dios hasta el trinitarismo, o la evolución de nuestra escatología. Hasta cierto punto, este modelo de verdad progresiva es inadecuado y restrictivo; carece de perspectiva y puede ser un poco demasiado ingenuo. Ciertamente, las personas en las futuras generaciones transformaran y modelaran sus creencias a medida que descubren nueva información, pero también cuando sus contextos les influyen, y a veces les obligan, a adaptar sus creencias.

Así, más que experimentar el descubrimiento progresivo de nuevas verdades o nuevos conocimientos sobre la verdad, deberíamos hablar en cambio de la continuidad, la unidad, la claridad y la normatividad de lo que se cree en relación con el pasado. Las generaciones sucesivas suelen buscar lo que los pioneros enseñaron, creyeron y practicaron, y tratan de identificar las marcas de continuidad y unidad con las declaraciones de creencias y prácticas del pasado. Estas creencias y prácticas del pasado también se clarifican para la generación actual y, finalmente, se acepta una nueva forma normativa de entender las creencias y las prácticas. La transformación de las creencias y las prácticas no sólo es progresiva, sino que también se ve afectada a lo largo del camino por una serie de factores. Lo que una comunidad llega a creer se ve afectado y moldeado por su vida, su historia y sus experiencias humanas imperfectas, incluso defectuosas.

En mi opinión, es fácil ver que el estudio de nuestras creencias y prácticas actuales revela muy a menudo este proceso. Tome cualquier discusión sobre la ordenación y verá cómo hemos tratado de buscar la continuidad con las Escrituras y las primeras prácticas adventistas. Hemos tratado de confirmar nuestra continuidad con el pasado, buscando declaraciones y precedentes que respalden uno u otro punto de vista. También tratamos de entender los pensamientos de Ellen White sobre tales discusiones, buscando en sus escritos continuidad, unidad y normatividad.

Aunque este enfoque del estudio del desarrollo de las creencias y las prácticas tiene buenas referencias, una adaptación de este modelo se presenta quizá más útil para reflexionar sobre las consecuencias y las lecciones que hay que aprender de la Conferencia Bíblica de 1919.[4]

El desarrollo de las creencias y las prácticas de una determinada comunidad religiosa, y la forma en que se interpretan estas creencias y prácticas, no es una experiencia estática; forma parte de un flujo de tiempo e ideas, que se transmite de una generación a la siguiente y se convierte en una revisión revigorizada de esas creencias y prácticas pasadas o en las creencias y las prácticas actualizadas o modificadas para adaptarse a nuevas perspectivas y a un nuevo contexto.

No se trata de negar el deseo de la denominación de mantener una continuidad intrínseca con su pasado, pero en términos de desarrollo histórico y teológico se da que con cada generación siguiente las creencias y prácticas de una denominación experimentan un desarrollo a manos de quienes toman la herencia del pasado y la remodelan ligeramente o incluso la transforman voluntariamente para satisfacer las necesidades de las nuevas situaciones y problemas que no se habían considerado anteriormente. Así, el desarrollo o la evolución de las creencias y prácticas no es tanto un “desarrollo” o un descubrimiento progresivo de la verdad, sino como son “recibidas”.

Las tensiones en el desarrollo adventista

En su estudio sobre el desarrollo de las doctrinas y creencias, Ormond Rush ofrece cuatro cuestiones puntuales de un modelo de recepción del “desarrollo” de las doctrinas que quizás nos ofrezca una mejor manera de entender las lecciones que hay que aprender de la Conferencia Bíblica de 1919.[5]

La primera cuestión polar de lo que las generaciones posteriores reciben de las anteriores es una cuestión tanto de continuidad como de discontinuidad. La continuidad con el pasado es algo que hay que apreciar y valorar constantemente. Sin embargo, la identidad adventista no es algo estático y cambia con cada generación. Las generaciones posteriores reciben las creencias y prácticas normativas de las generaciones anteriores, ya que siguen siendo transmitidas como elementos fijos de la herencia o “tradición” adventista. La recepción de estas creencias y prácticas, como parte de una recepción viva, estimula nuevas afirmaciones de estas creencias y prácticas en nuevos contextos que se convierten en auténticas respuestas a la guía de Dios en la iglesia.

Así, las nuevas formulaciones o adaptaciones de las creencias y prácticas, que antes no formaban parte de la “tradición” recibida, surgen adecuada y necesariamente como parte de la experiencia de la guía divina en la historia de una comunidad. La continuidad va acompañada de cierta discontinuidad. Fue George Knight quien dijo una vez que, si James White estuviera vivo hoy, no se uniría a la Iglesia Adventista del Séptimo Día porque probablemente se opondría a varias de nuestras creencias fundamentales. (Y a la inversa, muchos de nosotros probablemente no estaríamos cómodos en la iglesia de James White). Aunque muchas de nuestras creencias actuales están claramente en continuidad con la época de Jaime White, algunas también están desconectadas.

Si hay cierta continuidad y discontinuidad con el pasado para cada generación sucesiva, naturalmente habrá también unidad y pluralidad de creencias y prácticas. En esta segunda cuestión polarizada, la unidad de creencias y prácticas, tal y como se recoge en nuestras 28 Creencias Fundamentales, estará en tensión con una pluralidad de interpretaciones y expresiones de estas creencias y prácticas. Según Rush, “esta pluralidad surge de diversos horizontes culturales, lingüísticos, geográficos, económicos, políticos y filosóficos, produciendo recepciones tan diversas como las teologías asiáticas o australianas, las teologías feministas o de la liberación, o las teologías que surgen de contextos o cuestiones particulares. La unidad de la fe no se ve perturbada por esta pluralidad, sino que esta pluralidad revela el poder universal de la tradición viva para abordar las necesidades salvíficas de todos los pueblos y su poder para revelar en diversos contextos el misterio de la salvación en Jesucristo”.[6]

En nuestro propio contexto adventista, esto significaría que cada generación recibe una comprensión de las creencias y las prácticas que naturalmente se contextualizarán y surgirán de alguna manera como diferentes de lo que surge en un entorno diverso. Por lo tanto, hay un elemento de novedad en lo que aparece porque la guía de Dios a las personas en diferentes contextos se ve diferente para las personas desde el exterior. Por lo tanto, ¿es sorprendente que seamos tan diversos en nuestra comprensión del papel de un pastor y del significado de la ordenación? Pero lo que hay que aceptar aquí es que esto forma parte de la voluntad y la guía de Dios para su iglesia; que tanto la unidad como la pluralidad son voluntad de Dios. Al rastrear la historia de la recepción de nuestras creencias y prácticas de una generación a otra, vemos un diálogo entre Dios y su iglesia que parece idéntico y diferente a la vez.

Normalmente, los adventistas, como otros cristianos, se sienten incómodos con la diversidad y la pluralidad de opiniones y prácticas. Por ello, Rush se pregunta: “Pero dentro de esta pluralidad y quizás conflicto de interpretaciones, ¿quién juzga lo que es verdadero y con qué criterios?”. Este modelo de recepción pone de relieve la necesidad de que quienes juzgan la legitimidad de las distintas opiniones disciernan las expresiones locales de las creencias y las prácticas. No elimina la necesidad de mantener la unidad de la fe, pero quienes tienen la responsabilidad de validar y mantener lo que es verdadero de la propia herencia recibida también deben ser capaces de estimular y promover el diálogo entre esa pluralidad de recepciones, y no limitarse a la tarea negativa de juzgar la desviación o el incumplimiento.[7]

Una tercera cuestión polar en la recepción de creencias y prácticas es la claridad y la ambigüedad. A medida que cada generación se esfuerza por expresar y articular las creencias con precisión, nuestras limitaciones culturales y lingüísticas causarán inevitablemente algunas distorsiones. Según Rush, “algunas doctrinas y dogmas nombran una verdad sobre Dios con tal claridad que perduran como clásicos de la tradición. Pero ninguna recepción, pasada o presente, está libre de distorsiones”.[8]

“Entonces, ¿Qué pasa con aquellos elementos recibidos que una comunidad, desde su perspectiva actual, rechaza ahora por ser incompatibles con su recepción” de la herencia del pasado? Rush responde que “algunos elementos de la tradición, explícitamente o por defecto, la comunidad puede considerar que son menos importantes en su construcción de la identidad cristiana, y dejar que esos elementos pasen a un segundo plano en su Gestalt de la tradición. Algunos elementos que juzga, desde las sensibilidades y los horizontes actuales, son de hecho bloqueos para el pleno impacto de la alteridad de la tradición. Se percibe en la tradición una ambigüedad que no es simplemente una pluralidad legítima de expresión ni un conflicto benigno de interpretaciones, sino que se denomina una distorsión ideológica que sigue limitando los horizontes de expectativas actuales”.[9] Un buen ejemplo de este fenómeno entre nosotros es el rechazo de la Teología de la Última Generación, una parte de la herencia adventista que ahora se percibe como una distorsión ideológica del Evangelio. Otro ejemplo es el rechazo de nuestra herencia no trinitaria, que también se percibe ahora como una distorsión teológica del testimonio bíblico sobre Dios.

Una última cuestión polar tiene que ver con la normatividad y la relatividad. Cuando pensamos en nuestras propias declaraciones de creencias fundamentales (1931, 1980, 2015), podemos ver que Rush tiene razón cuando afirma que “las formulaciones doctrinales [como en los Credos de Nicea] se convierten en textos clásicos y normativos de la tradición, porque hacen que la alteridad divina se manifieste y efectúe un cambio de horizonte en la forma misma en que se experimenta a Dios y, por tanto, se le nombra”. Estas declaraciones se convierten en “clásicas y normativas, ya que (1) encapsulan algunos contenidos de la creencia cristiana [sic], (2) engendran un culto comprometido, (3) iluminan las perplejidades de la existencia humana, y (4) estimulan y potencian una praxis cristiana comprometida”.[10] Con el paso de las décadas, podemos ver cómo nuestras propias declaraciones de creencias se han vuelto cada vez más normativas. Y hoy, en algunos partes de nuestra iglesia, nuestros compendios de políticas eclesiásticas y prácticas heredadas parecen ser incluso más normativas que las 28 Creencias Fundamentales.

Pero si algunos documentos de nuestro legado actúan como declaraciones normativas de nuestras creencias y prácticas, hay una relatividad inherente a todo esto, según Rush. Si bien las declaraciones de creencias y prácticas son normativas para establecer los límites de una comunidad de fe, son relativas en la medida en que sólo están en el papel y no son vividas (o recibidas) por la comunidad. Su normatividad depende de su recepción e interiorización. “Su normatividad es relativa a su poder para seguir transmitiendo la verdad” de nuestra herencia “y capacitando a los creyentes para vivir esa verdad”.[11]

Las declaraciones de creencias “son relativas en su función de encapsulación de algunos contenidos de la creencia cristiana” porque fueron escritas dentro de un contexto particular. Una rápida comparación de nuestra declaración de creencias de 1931 con la actual mostrará que fueron escritas dentro de un contexto diferente.[12] “Los horizontes humanos son siempre parciales y se mueven, dependiendo del punto de vista de cada uno”. La expresión de la verdad y la claridad de su lenguaje siguen ligadas a nuestro horizonte humano. Y el lenguaje de nuestras declaraciones de creencias es relativo en un sentido teológico más profundo. “La expresión más verdadera y clara de las creencias nunca elimina la alteridad del misterio de Dios”. En cierto sentido, “la verdad es absoluta para Dios, pero no para nosotros” y nuestra comprensión de la verdad y de Dios está siempre limitada por la profundidad de nuestra relación con Dios.[13]

El modelo de recepción de Rush del patrimonio de una comunidad de fe es útil para comprender y analizar las consecuencias y las lecciones que hay que aprender de la Conferencia Bíblica de 1919. Cien años más tarde, podemos ver que las decisiones tomadas después de la Conferencia influyeron en lo que las generaciones futuras recibieron de nuestra herencia y en la forma en que moldearon lo que hemos llegado a ser, lo que ahora experimentamos. Para bien y para mal, la historia no se puede deshacer. Y las acciones de los antiguos líderes, maestros y pastores de la iglesia tienen consecuencias.

Nuestro pasado, para bien o para mal

La decisión de no publicar las transcripciones de los debates, la falta de transparencia sobre los escritos de Ellen White, cómo se prepararon y su papel en la formación de nuestras creencias religiosas y teología, la falta de honestidad sobre las difíciles cuestiones interpretativas a las que se enfrentaron los profesores de historia y los maestros de Biblia, crearon y permitieron un contexto que moldeó la experiencia religiosa adventista durante generaciones desde entonces. La herencia que hemos recibido fue moldeada inconscientemente y sin saberlo por sus decisiones. No debemos demonizarlos por lo que decidieron. Vivían en un contexto real, su contexto, temían que la gente en general malinterpretara la información a la que tenían acceso y que habían discutido juntos. Al fin y al cabo, en el año siguiente al final de la Primera Guerra Mundial, la Gran Guerra para acabar con todas las guerras, nuestros colegas tenían entonces un auténtico sentido de la proximidad del fin del mundo. Entonces, ¿por qué molestar a los creyentes con una información que probablemente iba a ser malinterpretada y malentendida, e incluso a hacerles perder la fe en su mensaje? Una razón pragmática, espiritual y pastoral guiaba conscientemente su experiencia.

Por lo tanto, la historia no puede deshacerse y cien años después nuestro contexto ha sido moldeado por el de ellos. Así que nuestra experiencia como denominación hoy está encarnando la recepción de su experiencia y su herencia, y experimentamos estos cuatro problemas polares en nuestra iglesia. Esto es lo que hemos recibido de A. G. Daniells, W. W. Prescott y otros.

En la actualidad, nuestra fe, nuestras creencias y nuestras prácticas han sido moldeadas tanto por la continuidad como por la discontinuidad, tanto por la unidad como por la pluralidad, tanto por la claridad como por la ambigüedad, y tanto por la normatividad como por la relatividad. En 1919, nadie se propuso transmitir la herencia de nuestra fe a la siguiente generación con estas cuestiones y conceptos en mente; pero lo hicieron.

Cuando en las décadas de 1970 y 1980 se descubrieron las transcripciones de la Conferencia Bíblica de 1919 en los archivos de la Conferencia General, cuando los colegas se dieron cuenta de la dependencia de Ellen White de fuentes secundarias para algunas de sus obras más importantes, muchos miembros de la iglesia y eruditos se estremecieron ante tales “descubrimientos”. Pero en 1919, estos eran hechos conocidos por muchos de los compañeros de mayor confianza de Ellen White y por su hijo, W. C. White. Así que cuando Spectrum publicó una serie de artículos sorprendentes sobre las fuentes literarias de Ellen White, cuando Walter Rea, Ronald Numbers y Desmond Ford publicaron sus estudios,[14] revelaron a los miembros adventistas lo que Daniells, Prescott y muchos otros habían temido que causaría la pérdida de la fe. Y así fue. Y los que revelaron esta información fueron tachados de disidentes/traidores. Por lo tanto, las consecuencias de la Conferencia Bíblica de 1919 todavía están entre nosotros.

Aunque valoramos la unidad de las expresiones de fe, vivimos en la pluralidad. Estamos en continuidad con nuestros primeros pioneros en algunos aspectos de nuestra fe y estamos en gran discontinuidad con ellos en otros aspectos. Aunque valoramos la claridad de la fe y de las prácticas, vemos ambigüedad a veces y en algunas áreas. Aunque preferimos las normas claras, sabemos mucho de la relatividad. Tenemos un conjunto de creencias y prácticas que nos une y al mismo tiempo crea pluralidad entre nosotros, y eso se debe a que cada uno de nosotros entiende nuestra fe, creencias y prácticas con un conjunto diferente de lentes culturales que invariablemente crea varios niveles de claridad y ambigüedad, y por lo tanto atribuimos a estas creencias y prácticas también diferentes niveles de normatividad y relatividad.

Sin embargo, lo que creo que debemos reconocer con franqueza es que desde los años 70 y 80 ha persistido el mismo tipo de confusión y falta de autenticidad. Y me pregunto hasta qué punto esta falta de autenticidad para tratar temas difíciles es también algo que hemos recibido como parte de nuestra herencia. ¿Se han convertido la falta de autenticidad y la deficiencia en la honestidad histórica y teológica en parte de nuestro carácter denominacional? Algunos de estos temas discutidos en 1919 siguen sin ser discutidos honestamente hoy en día y no son abordados adecuadamente por nosotros, los maestros, y por los líderes de la iglesia. A veces, para obtener beneficios políticos y apoyo financiero, hay una falta de educación sistemática de los miembros sobre estos diversos temas. Nos quedamos callados y cuando los profesores intentan revelar algunas pruebas sobre estos hechos para ofrecer una visión más precisa a sus alumnos, un contexto anti intelectual predominante, todavía condicionado por el fundamentalismo, pone rápidamente en peligro su carrera profesional o los tacha de poco leales. Así que estamos tan vigilados como lo estaban Daniells y Prescott hace cien años. Y cuando algunos miembros desinformados de la Iglesia “descubren” algunas “nuevas” ideas sobre todas estas cuestiones, están tan poco preparados hoy en día para enfrentarse a las sacudidas de su fe como lo estaban en 1919, o como lo estábamos nosotros hace una generación.

A veces no me siento tan esperanzado cuando veo cómo los líderes de nuestra iglesia manejan algunas cuestiones difíciles relacionadas con nuestras creencias y prácticas. Cuando los líderes parecen imponer al resto de la Iglesia su forma de entender nuestra fe y nuestras prácticas como algo normativo, como si estuvieran imbuidos de algún don sobrenatural perfecto de sabiduría en el momento en que asumen su cargo.[15] Pero veo una esperanza si realmente abrazamos la guía de Dios de una manera diferente, comprendiendo la polaridad de la fe religiosa y su transmisión y recepción de las generaciones anteriores: abrazando la continuidad y la discontinuidad naturales con nuestra herencia pasada, la unidad y la pluralidad de formas en que nuestra herencia pasada se recibe ahora y se remodela constantemente en una variedad de costumbres y culturas, la claridad y la ambigüedad con la que se entienden nuestra experiencia pasada y los principales documentos de nuestra herencia, y tanto la función normativa como la relativa que se les da para dar forma a nuestros horizontes actuales y futuros; todo esto como parte de la guía de Dios para la iglesia grande, internacional, multigeneracional, multicultural y siempre tan diversa en la que nos hemos convertido. Si Prescott tuvo que ajustar su visión de las cosas, creo que nosotros estamos muy necesitados de la misma experiencia. Esa es quizás la mejor lección que podríamos aprender de la Conferencia Bíblica de 1919.

 

 

Denis Fortin es profesor de Teología e Historia en el Seminario Teológico Adventista del Séptimo Día y pastor docente en One Place Fellowship en el campus de la Universidad Andrews en Berrien Springs, Michigan..

Para comentar, dale clic aquí.

 

Notas y referencias bibliográficas 

[1] Michael W. Campbell, 1919: The Untold Story of Adventism’s Struggle with Fundamentalism (Nampa, ID: Pacific Press Publishing Association, 2019).

[2] Ver, Edith M. Humphrey, Scripture and Tradition: What the Bible Really Says (Grand Rapids, MI: Baker Academic, 2013), 9-17.

[3] Ver Fortin, “Historical Introduction” en Ellen G. White, Steps to Christ (2017), 24-26.

[4] Agradezco a uno de mis alumnos que haya señalado esto (en una nota a pie de página) en su propuesta de tesis.

[5] Ormond Rush, “Reception Hermeneutics and the ‘Development’ of Doctrine: An Alternative Model,” Pacifica 6.2 (1993): 125-140. Rush atribuye a Hans Robert Jauss (1921-1997) sus conocimientos sobre la teoría de la recepción del desarrollo de las doctrinas y creencias de una comunidad de fe.

[6] Rush, “Reception Hermeneutics and the ‘Development’ of Doctrine,” 135.

[7] Rush, “Reception Hermeneutics and the ‘Development’ of Doctrine,” 135.

[8] Rush, “Reception Hermeneutics and the ‘Development’ of Doctrine,” 135-136.

[9] Rush, “Reception Hermeneutics and the ‘Development’ of Doctrine,” 136.

[10] Rush, “Reception Hermeneutics and the ‘Development’ of Doctrine,” 137.

[11] Rush, “Reception Hermeneutics and the ‘Development’ of Doctrine,” 137.

[12] Véase mi estudio comparativo de nuestras primeras declaraciones de creencias en Denis Fortin, “Nineteenth-century Evangelicalism and Early Adventist Statements of Beliefs”, Andrews University Seminary Studies, 36.1 (primavera de 1998): 51-67.

[13] Rush, “Reception Hermeneutics and the ‘Development’ of Doctrine,” 137.

[14] Walter T. Rea, La mentira White: El fraude del adventismo (Turlock, CA: M & R Publications, 1982); Ronald L. Numbers, Prophetess of Health: A Study of Ellen G. White (New York: Harper & Row, 1976); Desmond Ford, Daniel 8:14, the Day of Atonement, and the Investigative Judgment (1980).

[15] Sigo afirmando que la política de nuestra iglesia es predominantemente episcopal con algunos atributos del presbiterianismo. Denis Fortin, “Church Governance in Times of Conflict”, Adventist Today, invierno de 2018 (26:1): 4-7.