Por Daniel A. Mora

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Los adventistas suelen reconocer que el error del catolicismo medieval fue la imposición de la tradición avalada por la «autoridad» de la estructura organizacional. Sin embargo, los adventistas son incapaces de reconocer que muchas de sus prácticas se basan en tradiciones propias sin ningún fundamento escritural. Mientras los primeros adventistas pudieron analizar sus creencias y hasta modificarlas, al no encontrar un apoyo bíblico; el adventismo actual se niega a realizar una revisión de sus tradiciones. Lo más grave de esto, es que se emite juicios contra los creyentes que no sienten simpatía por esas tradiciones o que sencillamente se oponen por considerar que no son normativas.

El progreso de la verdad

En un artículo titulado «Open the Heart to Light», publicado en la Review and Herald en 1889, Ellen White escribió:

Un espíritu de farisaísmo se ha estado apoderando del pueblo que pretende creer la verdad para estos últimos días. Se sienten satisfechos. Han dicho: ‘Tenemos toda la verdad. No hay más luz para el pueblo de Dios’. Pero, si no aceptamos nada más que lo que ya hemos aceptado como la verdad, no estaremos seguros. Deberíamos investigar cuidadosamente la Biblia por nosotros mismos y cavar profundamente en la mina de la Palabra de Dios buscando la verdad.[1]

La afirmación de Ellen White esta en armonía con el espíritu fanático que debió enfrentar en 1888, una época que marcó el adventismo al intentar imponerse la interpretación tradicional contra la nueva interpretación teológica de J. Waggoner y A. Jones. El 25 de marzo de 1890, ella volvió a escribir: «No debemos pensar: ‘Bien, tenemos toda la verdad, comprendemos los pilares fundamentales de nuestra fe, y podemos descansar sobre este conocimiento’. La verdad es progresiva y debemos caminar en su luz creciente».[2] Ellen White fue enfática sobre la obligación de cada creyente en «investigar» e internalizar mediante la reflexión, la información que se le etiqueta como «verdad», escribió: «Nadie llegue a la conclusión de que no hay más verdad para ser revelada. El que busca la verdad con diligencia y oración hallará preciosos rayos de luz que aún han de resplandecer de la Palabra de Dios».[3]

Aunque el adventista promedio se considera «muy versado en las Escrituras», es común verlo impasible ante las tradiciones de su entorno, las acepta sin cuestionarlas. Para Ellen White esto era inaceptable: «vivimos en tiempos peligrosos y no es apropiado que aceptemos todo lo que se pretende que sea verdad sin examinarlo minuciosamente».[4] El adventismo desciende del anabaptismo del siglo XVI, y como parte del movimiento de la Reforma protestante la autoridad de las Escrituras está por encima de cualquier tradición.

Así como los anabaptistas no creyeron en la «infalibilidad», tampoco lo hicieron los primeros adventistas, White resaltó la siguiente idea: «No hay excusa para que alguno tome la posición de que no hay más verdades para ser reveladas, y que todas nuestras exposiciones de las Escrituras carecen de errores».[5] Al escribir esto, ella dejó en claro que el adventismo no sostiene una idea de que sus «interpretaciones» sean exactas, inamovibles o que estén libres de errores. Las tradiciones tampoco son infalibles, y el tiempo no las libera de estar en el error: «Que ciertas doctrinas hayan sido sostenidas como verdades durante muchos años no es una prueba de que nuestras ideas son infalibles».[6]

Entonces, ¿por qué el adventista promedio se niega a revisar su tradición? Es claro que las ve como infalible y aceptar que son erradas es «debilitar» el sistema. No hay más nadie entre los cristianos que sepa más de todo que el adventista. Dígale usted a un adventista que esta errado, para uno es prácticamente inaceptable: «somos el remanente, la iglesia verdadera», ¿quién más que nosotros sabe de la verdad? Esta actitud también es retroalimentada por la organización. Mientras los pioneros adventistas alentaban a todos los miembros a investigar, reflexionar y progresar sobre la verdad; no sucede así en la actualidad.

Avanzar en la verdad no significa destruir la verdad, sino reconocer prácticas erradas amparadas en esa «supuesta verdad». Los pioneros adventistas, por ejemplo, guardaban el sábado fijando un horario. Pero al progresar sobre la verdad del sábado, dejaron esa práctica, estaban errados. El sábado se disfruta desde la puesta del sol hasta la puesta del sol. No desecharon el sábado, sino la práctica errada del horario.

La tradición cuando se quiere imponer como norma, termina destruyendo la verdad. En este sentido Ellen White escribió: «Las opiniones sostenidas durante mucho tiempo no han de ser consideradas infalibles. La falta de disposición para abandonar las tradiciones por largo tiempo establecidas fueron la ruina de los judíos».[7] Solo el análisis y la revisión de las tradiciones permitirán avanzar a la iglesia, así fue la vivencia de los primeros adventistas, White recordó ese espíritu de reflexión: «Los que sinceramente desean la verdad no vacilarán en abrir sus posiciones para la investigación y la crítica, y no se sentirán turbados si sus opiniones e ideas fueren contradichas. Este era el espíritu que compartíamos hace cuarenta años».[8]

Cuando se intente usar el autoritarismo para imponer la tradición a particulares o a grandes grupos de adventistas, como lo están intentando hacer algunos con la ordenación de las mujeres, traerá división:

Tenemos muchas lecciones que aprender, y muchas, muchas, que desaprender. Sólo Dios es infalible. Los que piensan que nunca tendrán que abandonar una posición favorita, ni tener ocasión de cambiar una opinión se verán chasqueados. Mientras nos aferremos a nuestras propias ideas y opiniones con decidida persistencia, no podremos tener la unidad por la cual oró Cristo.[9]

La ignorancia como base de la tradición

Sobre el asunto de la ordenación de las mujeres al ministerio pastoral, se ha demostrado, tanto por las Escrituras como la historia, que no existe ningún impedimento para que una mujer sea ordenada. ¿Entonces porque no se les ordena? Una vez más volvemos al asunto de la tradición. Es habitual que el adventista promedio en las latitudes hispanas, responda con «nunca ha habido una mujer pastora». Pero esta afirmación la hacen porque tradicionalmente nunca han visto en su congregación a una mujer pastor o en el cargo de Anciano. Si usted le pregunta sí sabe de las mujeres pastoras en los inicios del adventismo, más de uno queda perplejo.

La falta de estudio en el adventista promedio es tan alarmante, como en el cuerpo pastoral. Recuerdo que la primera vez que escuche una ponencia sobre las primeras pastoras en los inicios del adventismo, fue la que yo estaba dando en el Seminario, para la materia de historia denominacional. Algunas veces me encuentro con adventistas que dicen: «yo no sé nada del tema pero…» y largan aquella verborragia (menos mal que no saben). Recuerdo una vez que le mostré a un dirigente el libro Nuestra iglesia, de la colección de historia de George Knight, este historiador del adventismo dedicó unas pocas páginas sobre las primeras pastoras. Algunos dirigentes habían decidido tener una semana de oración en una iglesia sobre la historia adventista, le pregunte al dirigente sí hablarían de las pastoras. La respuesta recibida fue que se le había pedido a otro hablar del tema, que no es teólogo, y según él «aclaró» esto. Evidentemente aquel pigmeo en el conocimiento de la historia del ministerio femenino en los inicios del adventismo terminó diciendo «que estas mujeres nunca fueron pastoras, sino que cumplieron roles pastorales». Se terminó distorsionado la historia adventista y lo que el libro oficial de historia contenía. Como dice un refrán: «la ignorancia es atrevida».

El progreso de Ellen White sobre la ordenación de la mujer

Ellen White emitió opinión en cuanto al ordenar mujeres pastoras. C. Crisler, el asistente de White escribió: «A menudo ella habló de los peligros a los que estaría expuesta la iglesia por esta práctica, frente a un mundo opuesto a esto».[10] El mundo opuesto, se refiere a la sociedad en esa época, ella veía que la práctica de ordenar mujeres sería rechazada por la cultura de su época.

Crisler escribió que Ellen White consideró esto de no ordenar mujeres como una «costumbre»:

No estoy sugiriendo con esto—y mucho menos declarando—, que las mujeres no están capacitadas para la obra pública, y que no debieran ser ordenadas jamás. Simplemente estoy diciendo que, de acuerdo a mi conocimiento, la Hna. White nunca recomendó a los dirigentes de la iglesia separarse de la costumbre general de la iglesia en este asunto.[11]

Por las conclusiones del mismo C. Crisler, Ellen White no estaba prohibiendo el ordenar mujeres, solo que en su época ella aconsejó a los líderes no separarse de la «costumbre» popular por asuntos de rechazo. Hace más de un siglo que la visión general sobre el liderazgo femenino ha cambiado poco a poco, hoy en 2017 no se puede sostener esa tradición de antaño. Y puedo decir con propiedad que los pioneros adventistas desafiaron a los religiosos de su época al otorgarles licencias ministeriales a las mujeres desde 1871. Las mujeres adventistas del siglo XIX en el adventismo, fueron apoyadas por el liderazgo contra el telón de fondo de su época. Estas pastoras aunque no eran ordenadas, tenían distritos, oficiaban bodas, bautismos y la cena del Señor.

Sin embargo una cosa es clara, Ellen White pese a las cargas de las tradiciones reconoció y alentó a las mujeres para ser, no solo dirigentes locales, sino también pastoras –así como lo hizo su esposo James White-: «Es el acompañamiento del Espíritu Santo de Dios lo que prepara a los obreros, sean hombres o mujeres, para apacentar la grey de Dios. Es el acompañamiento del Espíritu Santo de Dios lo que prepara a los obreros, sean hombres o mujeres para ser pastores del rebaño de Dios».[12] Durante su ministerio, White animó a las mujeres pastoras de su época e inclusive protestó contra el liderazgo de la Asociación General cuando veía que no se les pagaba el mismo salario que un pastor ordenado.[13]

Algo interesante, es que Ellen White avanzó progresivamente sobre el tema de la ordenación de la mujer. Aunque ella aún sentía que el adventismo no estaba preparado para ordenar pastoras en su época, si impulso la ordenación a cargos como Diacono y Anciano. En un artículo con fecha del 09 de julio de 1895, titulado: «The Duty of the Minister and the People», ella escribió:

Aquellas damas que tienen voluntad de consagrar algo de su tiempo para el servicio a Dios debieran ser encargadas para visitar a los enfermos, atender a los jóvenes y ministrar a los pobres. Debieran ser separadas para esta tarea por la oración y la imposición de manos. En algunos casos necesitarán el consejo de los dirigentes de la iglesia o del pastor. Pero si son mujeres consagradas que mantienen una comunión vital con Dios, serán un poder para el bien en la iglesia. Este es otro medio para fortalecer y hacer crecer la iglesia. Necesitamos agregar nuevos métodos de labor.[14]

La declaración de Ellen White era novedosa, los adventistas tradicionalmente no habían ordenado a ninguna mujer desde 1871. Pero en 1895, unos 24 años después de haberle otorgado licencias ministeriales a las mujeres, ahora White estaba avanzando a otra esfera. Sus contemporáneos entendieron lo que ella quiso decir, porque se registró que en se mismo año, tanto Corliss y McCullagh «apartaron al anciano, los diáconos y las diaconisas por la oración y la imposición de manos»,[15] en la iglesia de Ashfield en Sidney, el 10 de agosto de 1895. El 07 de enero de 1900 su hijo, W.C. White ordenó a otras mujeres «el pastor White ordenó e impuso las manos sobre los ancianos, diáconos y diaconisas»,[16] en la misma iglesia. John N. Loughborough, en enero 01 de 1899, ordenó como Anciana a Leta Silkwood en la Iglesia de Santa Ana.[17]

Pero lo más intrigante es que esa declaración de Ellen White de 1895, se traspapeló y no vio más la luz de día, sino 90 años después. ¿Qué sucedió con la práctica de ordenar mujeres? Se perdió por muchos años; ya para la década de 1930 los adventistas desconocían que alguna vez se ordenó a mujeres para los cargos locales. Por ejemplo, el primer Manual de la iglesia que salió en 1932, al hablar de las diaconisas expone: «No hay registro, por lo tanto, de que estas mujeres fueron ordenadas, por lo que la práctica de ordenar a las diaconisas no es seguida por nuestra denominación».[18] En las próximas ediciones se mantuvo el mismo tono. No fue sino hasta 1974 que diversos campos de la División Norteamericana solicitaron la ordenación de las mujeres a estos cargos y así comenzaron a hacerlo por su cuenta. Pero fue en 1984 que la Asociación General impulsó esta práctica.

Las siguientes generaciones adventistas de 1930 en adelante, crecieron con la idea de que «nunca una mujer fue ordenada en el adventismo». Hasta que un «salido» se encontró con el manuscrito de Ellen White de 1895 y decidió ser un «bocón». Arthur Patrick, publicó el artículo completo en 1986; por supuesto, el impacto debió ser devastador para aquellos que argumentaron contra la ordenación en base a la tradición; a fin de cuentas la misma Asociación General demostró una ignorancia magistral (posiblemente voluntaria). Y aun con todo eso, en la actualidad, en las latitudes hispanas uno sigue topándose con esa misma argumentación a la hora de abordar la ordenación de Diaconisas y Ancianas.

Lo que permitió a Ellen White avanzar en la práctica de ordenar mujeres, fue precisamente el progreso. Para ella, apartar mujeres para ministerios de tiempo parcial, terminaría fortaleciendo a la iglesia. Ella vio que la ordenación de las mujeres «es otro medio para fortalecer y hacer crecer la iglesia». La iglesia no puede estancarse por la tradición, para White era imperante la necesidad de «agregar nuevos métodos de labor».[19] ¡Cuánto de esa visión necesitamos en el liderazgo actual!

La imposición del silencio para proteger la tradición

Las tradiciones al no tener sustento bíblico, buscan imponerse mediante el silencio y la manipulación de datos. Es el liderazgo local quien termina imponiendo un silencio. En este sentido Ellen White reprocho la «autoridad» de la Asociación General: «El hecho de que estos hombres debieran estar en un sitial sagrado, como si fueran la voz de Dios al pueblo, como creíamos que la Asociación General lo era, es un asunto del pasado. Lo que queremos ahora es una reorganización. Queremos comenzar en la fundación y construir sobre un principio diferente».[20] Esta declaración la hizo en 1901, cuando ella pidió a los delegados impulsar la creación de Uniones para descentralizar el poder de la Asociación General. Ella venía de Australia, había sido exiliada por el liderazgo de esa institución, y tenía su corazón cargado. Las cosas que White dijo en ese congreso de 1901 marcaron los pilares de la reorganización. No se guardó nada, y cuando habló a los delegados descargo todos sus pensamientos.

El silencio ha sido muy común en las regiones hispanas, inclusive yendo contra lo ya establecido. Por ejemplo, cuando en 2005 la División Interamericana decidió incorporar la elección y ordenación de Ancianas, muchos campos no informaron a sus feligreses. Aunque estaba en el Manual de la iglesia, ciertos líderes decidieron no informar a sus regiones, sino mantenerlos en la ignorancia. Ellos esperaron que los feligreses comenzaran a reaccionar para llenarlos de dudas. A fin de cuentas se terminó distorsionado el reglamento.

Otra situación sucedió en una prestigiosa universidad de Sudamérica. Estaba conversando con un compañero sobre lo que había conseguido sobre las mujeres en el ministerio pastoral. Este colega que estaba en su último año de cursado en teología no creía porque nunca le enseñaron eso, y ante su duda le dije: anda y pregúntale a quien te dio historia adventista, ese profesor estudió en Andrews y su doctorado es en Estudios Adventista. Así lo hizo, cuando le preguntó a su antiguo mentor, quedo sin palabras. Ese profesor no solo afirmó lo que yo le había dicho a mi colega, sino que le sacó la lista de las mujeres pastoras desde 1884 hasta 1975. Aquel profesor tenía el libro de Josephine Benton, Called by God (Llamadas por Dios) publicado en 1990, el que yo le había recomendado a mi colega.[21] Como ambos hablan el inglés a la perfección el libro contenía información privilegiada. La reacción de mi colega era natural, había cursado la materia de historia adventista y su profesor nunca les dijo nada. Sencillamente ese profesor decidió que la tradición estaba por encima de los hechos históricos.

Un caso más reciente fue después de la votación en San Antonio Texas en 2015. Israel Leito emitió una carta en físico para todos los pastores y administradores de la División.[22] En ella contenía cinco puntos sobre el liderazgo femenino, reafirmando la ordenación de ancianas y la contratación de pastoras comisionadas. Pero, esta información nunca llegó a la hermandad. No se les dijo a los miembros de la División que antes del congreso se hizo un sondeo y 51% de las Uniones en Inter-américa apoyaban la ordenación de las mujeres al ministerio pastoral. Ese silencio es lo que permite la confusión entre las iglesias. Aun hoy algunos feligreses se alarman porque ven mujeres pastoras en su propia División, mujeres Ancianas bautizando y oficiando la cena del Señor.

Las tradiciones solo pueden ser superadas mediante la educación. Es imperante que el adventista promedio en las regiones hispanas comience a informarse. No es posible que a estas alturas aun existan iglesias que siguen desconociendo el liderazgo femenino, la mayoría por no informarse. Sí seguimos permitiendo que las tradiciones se eleven al nivel de las Escrituras, entonces estamos reproduciendo la imagen del catolicismo medieval.

Conclusión

Estamos en 2017, solo a un paso de progresar sobre la tradición. Ya existen pastoras comisionadas desde 1990, y son miles las mujeres que tienen distritos a su cargo, ofician bodas, bautizan y celebran la cena del Señor. En más de 5 Divisiones, incluyendo la División Interamericana, las mujeres son pastoras. La única diferencia entre una mujer pastora con un pastor varón, es que no se le impone las manos. Y solo se le restringen algunos cargos administrativos. ¿Es lógico mantener esa diferencia entre un comisionado y un ordenado solo por una tradición sin sustento bíblico?

He llegado a la plena convicción de que las tradiciones no pueden ser nuestra guía, por más que sean votadas en concilios o acobijadas por la mayoría. No podemos seguir con el tradicionalismo, lo dice alguien que fue tradicionalista y porque no decirlo, también extremista. Los cinco años que he dedicado para investigar a profundidad este tema del liderazgo femenino, y a su vez aportado diversos escritos académicos, tengo la plena seguridad de que es Dios el que otorga los dones y ministerios sin restricción de género (Ro 12:4-8; 1 Co 12:9-11, 27-28; Efe 4:8, 11-16), creo que el Espíritu Santo se derramó sobre toda carne (Jl 2:28-32). Él es quien llama y así como llama, también capacita. Lo dice uno que estuvo contra la ordenación de las mujeres.


  1. Ellen White, «The Necessity of Dying to Self», Review and Herald, 18 de junio de 1889. En adelante RH.
  2. Ellen White, «Open the Heart to Light», Review and Herald, 18 de junio de 1889.
  3. Ellen White, «Open the Heart to Light», RH, 25 de marzo de 1890.
  4. Ellen White, «Christ Our Hope», RH, 20 de diciembre de 1892.
  5. Ibid.
  6. Ibid.
  7. Ellen White, «Search the Scriptures», RH, 26 de julio de 1892.
  8. Ibid.
  9. Ibid.
  10. Ellen White, Hijas de Dios, 252-253.
  11. Ibid.
  12. Ellen White, Testimonies for the Church, 6:322.
  13. «…no se equivoquen en descuidar y corregir el error de dar a los ministros menos de lo que debieran recibir… El diezmo debe ir a aquellos que trabajan en la palabra y doctrina, sean hombres o mujeres». Ellen White, Manuscrit Realse, 1:263; «Este asunto no deben resolverlo los hombres. El Señor ya lo ha resuelto. Debéis cumplir vuestro deber con las mujeres que trabajan en el evangelio, cuya obra testifique que son indispensables para llevar la verdad a las familias». Ídem, El evangelismo, 360.
  14. Ellen White, «The Duty of the Minister and the People», RH, 09 de julio de 1895.
  15. Ellen White, Hijas de Dios, 267.
  16. Ibid.
  17. Bryan Strayer, J. N. Loughborough: The Last of the Adventist Pioneers (Washington, DC: Review and Herald Publishing Association, 2013), 362.
  18. Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, Church Manual (Washington, D.C: 1932), 34.
  19. Ellen White, «The Duty of the Minister».
  20. Ellen White, «Address by E. G. White», en The General Conference Bulletin, 3 de abril de 1901, 25. Traducido parcialmente en ídem, Eventos de los últimos días, 47.
  21. Josephine Benton, Called by God: Stories of Seventh-day Adventist Women Ministers (Smithsburg MD: Blackberry Hill Publishers, 1990). Véase www.sdanet.org/atissue/books/called/benton-apx-b.htm
  22. Israel Leito, «Pastores y administradores, División Interamericana», Carta, 01 de octubre de 2015. Disponible en Escogidas para servir, http://www.escogidasparaservir.com/carta-del-presidente-de-la-division-interamericana-sobre-la-ordenacion-de-la-mujer/

Daniel A. Mora ha sido co-editor de los libros Apartadas para el ministerio: Una perspectiva adventista sobre la ordenación (Lima: Ediciones Fortaleza, 2015) y Elena G. de White: Manteniendo viva la visión (Venezuela: Ediciones SETAVEN, 2015). Autor del capítulo «Mujeres pastoras del siglo XIX en la Iglesia Adventista del Séptimo Día».

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