por Richard W. Coffen | 25 de agosto de 2022 |

Durante la década de 1980, un día visité a mi amigo Robert W. Olson en la oficina del Patrimonio White en la sede de la Asociación General. En nuestra conversación, él me confesó que, debido a las pruebas de la bóveda, había tenido que ajustar su comprensión de la autoridad de Ellen White. Había llegado a la conclusión de que ella había cometido errores con respecto a la historia, la biología, la geología, la astronomía, etc.

Entonces, usando la conjunción adversativa “pero”, Bob [su apodo de cariño] concluyó: “No creo que ella haya cometido ningún error teológico”.

Mi valoración ha ido un paso más allá de la de Bob. Me parece que la evidencia indica que Ellen White sí publicó algunos errores teológicos; tal vez no muchos, pero sí algunos.

Niños malos

En una carta escrita en la fiesta de Navidad de 1857, Ellen White dijo: a “Mis queridos hijos”: “ámenlo a Dios y tendrán su sonrisa aprobándolos”. Tres meses después (2 de marzo de 1858) escribió a “Mis queridos Henry y Edson”: “Dios… no puede amar a los [niños] que son deshonestos” (An Appeal to Youth, p. 36, 62).

¿Y el hijo pequeño Willie? Ella escribió: “Sé bueno todo el día, y el Señor te amará” (Ibid., pp. 47,48). Y el 14 de marzo de 1860, cuando él tenía unos 5 años y medio de edad, le dijo al “Querido Willie”:…”el Señor ama a los niños pequeños que tratan de portarse bien, pero a los niños que se portan mal, Dios no los ama… Recuerda que el Señor te ve, y no te amará si te portas mal… Cuando te portas mal, él te pondrá una marca negra” (Ibid. p. 49).

Si estos sentimientos no son teológicamente problemáticos, ¡no sé qué podría serlo! ¿Qué tipo de imagen estaba grabando en la mente de sus hijos?

El hecho de que esto apareciera en cartas personales no la exime Ellen White de responsabilidad. En 1864, estas cartas se reimprimieron en un libro de 80 páginas, titulado An Appeal to Youth [Un llamado a los jóvenes (no se debe confundir con Mensaje para los jóvenes)], que sigue disponible en el White Estate.

En algún momento durante las tres décadas y media transcurridas, Ellen White corrigió su teología. En un artículo publicado en Signs of the Times, el 15 de febrero de 1892, ella amonestó a los padres:

No le enseñes a tus hijos que Dios no los ama cuando hacen algo malo… No aterrorices a tus hijos hablándoles de la ira de Dios, sino que procura impresionarlos con su infinito amor y bondad.

La amalgama

Hace años, en una conversación privada con el presidente jubilado de la División Norteamericana, Charles E. Bradford, surgió el tema de la autoridad de Ellen White. Lo que Bradford dijo me sorprendió. Por un lado, reconoció que ella hizo mucho para impulsar la educación de los esclavos afroamericanos. Pero, por otro lado, lo que escribió sobre el origen de los negros ha hecho que los Adventistas del Séptimo Día contemporáneos no se sientan del todo cómodos con ella.

Ellen White habla de los efectos nefastos de la “amalgama del hombre y la bestia” (Spiritual Gifts, 3: 64, 75). Esto suena, tomado al pie de la letra, como si algunos de los descendientes de Noé se hubieran apareado con primates y muchos en esa época lo entendieron así. Sin embargo, en 1868, Urías Smith publicó una defensa de la afirmación de White: The Visions of Mrs. E. G. White, A Manifestation of Spiritual Gifts According to the Scriptures (pp.102-105).

Smith declaró que entendía con claridad lo que Ellen White había querido decir. Smith insistió en que White no había pretendido enseñar que los negros eran subhumanos. Sin embargo, sí quería decir, argumentó Smith, que aceptaba lo que muchos científicos de su época creían: que algunos pueblos de piel oscura se originaron después del Diluvio de Noé, cuando ciertos postdiluvianos no identificados habían mantenido relaciones sexuales con simios. El resultado fue “los bosquimanos salvajes de África, algunas tribus de los hotentotes y quizá los indios Digger de nuestro propio país”. Smith continuó: “Los naturalistas afirman que la línea de demarcación [sic] entre las razas humana y animal se pierde en la mezcla”.

Todos los contemporáneos de Ellen White entendieron las palabras “amalgama de hombre y bestia” como algunos naturalistas. Ella había elegido cuidadosamente sus palabras.

Francis D. Nichol en su libro titulado Ellen G. White and Her Critics [Ellen White y sus críticos], (pp. 306-322) escribió más tarde una apología defendiendo esta declaración e insistiendo en que lo que ella realmente quería decir era la “amalgama del hombre y de la bestia” -no que el hombre se mezclara con la bestia, sino que las bestias se criaran con otras bestias diferentes a ellas (lo cual no es posible aún hoy en día en la mayoría de los casos) y que los hombres se criaran con otros humanos de otras razas (lo cual, desde un punto de vista racista, es sólo marginalmente mejor que el original).

Pero lo de Nichol fue un intento de modernizar la verdadera teología de Ellen White. ¿Quién sabría mejor lo que quería decir: ¿su contemporáneo Smith, que escribió sólo cuatro años después de las declaraciones de White, o Nichol que pretendía saber lo que ella debería haber escrito más de 80 años después?

Los dos remos

Durante un verano de los años 50, me pasé horas remando en un bote a lo largo de la costa de Maine, donde veraneaba la familia Hayward. Al principio, el bote iba en círculos. Me costó muchos intentos antes de poder maniobrar el bote en una línea relativamente recta. Después de un par de semanas de ejercicio, mi delgado cuerpo comenzó a mostrar pequeños bíceps.

Una de las metáforas favoritas de Elena de White para la vida cristiana, repetida en varias publicaciones, era la de un bote de remos. En 1875, escribió:

Ningún hombre puede permanecer convertido a menos que permanezca en la oración, mantenga su alma firmemente unida a Cristo, … esforzándose sus pasos hacia el cielo contra la influencia de las complacencias pecaminosas, remando contra viento y marea, usando ambos remos: la fe y las obras. (Ms. 2, 1875, par. 11; Letters and Manuscripts, vol. 2, p. 1.4865).

Pero catorce años más tarde, y sólo dos meses después de la Asociación General de 1888, durante la cual Jones y Waggoner hicieron hincapié en el predominio de la fe, repitió la metáfora. “La fe y las obras son dos remos con los que debemos avanzar en la vida cristiana” (Gospel Health, 1 de enero de 1889, par. 1).

Luego, una década más tarde, ella modificó la metáfora, equiparando ambos remos con la fe. “Tomen los [remos] de la fe y remen por su salvación” (Cartas y Manuscritos, vol. 13 (1898), p. 1.2203; Lt. 120a, 1898, par. 6).

No obstante, Ellen White pronto volvió a su frase antigua. “La fe y las obras son dos remos que debemos usar igualmente [énfasis añadido] si hemos de abrirnos camino aguas arriba contra la corriente de la incredulidad” (Review and Herald, 1901, par. 9). Pasaron cuatro años más antes de que escribiera que “la fe y las obras son dos remos con los que debemos avanzar en la vida cristiana” (Australasian Union Conference Record, 15 de octubre de 1905, par.1).

Muchos dirán que esta metáfora teológica choca con la doctrina que se presenta en las epístolas de Pablo. Sus cartas comenzaban con la teología, la doctrina que enfatizaba la superioridad de la fe. El estilo de vida -las obras- venía al final de sus epístolas.

Pablo hizo que las obras fueran posteriores a la fe y no iguales a ella. La teología cristiana ha diferenciado, desde el siglo I, la importancia de la fe y de las obras. La fe es lo primero; el comportamiento le sigue. No son iguales.

¡Solo en casa!

Si no viste la película de Mi pobre angelito en 1990, protagonizada por Macaulay Culkin, es probable que tú seas parte de la minoría. (En la semana de estreno, la película recaudó 17 millones de dólares). Trata de un niño al que su familia deja solo en casa sin querer cuando se va de vacaciones al extranjero. La película retrata la divertida situación de un niño de 8 años de edad solo en una ciudad bulliciosa.

Afortunadamente, “Mi pobre angelito” era sólo una película, no una experiencia de la vida real. Una gran parte de la popularidad de la película es probablemente atribuible a nuestro miedo primario al abandono. Piensa en la cantidad de niños pequeños perdidos en los grandes almacenes o en los supermercados. Sentirse solo puede ser aterrador.

El escenario de Ellen White sobre el fin de los tiempos ha afectado a numerosos adventistas del séptimo día. Ella escribió:

Los que vivan en la tierra cuando cese la intercesión de Cristo en el santuario celestial deberán estar en pie en la presencia del Dios santo sin mediador. (El conflicto de los siglos, 421).

Esa frase, una de los miles de frases que contiene ese libro, que provoca escalofríos incluso en hombres y mujeres adultos. Habla directamente de nuestro miedo primario de estar “solos en casa” en el planeta Tierra, sin la obra mediadora de Jesús.

Al parecer, White se había centrado en un texto prueba:

El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía. (Apocalipsis 22:11).

De este versículo, parece que Ellen White dedujo que inmediatamente antes de la Parusía, Jesús habría abandonado a su pueblo “solo en casa”.

Sin embargo, hay al menos tres puntos en contra de esta interpretación.

En primer lugar, el pasaje del Apocalipsis no se refiere específicamente a la mediación de Jesús, continuada o interrumpida. Sino que se refiere al carácter desarrollado por los habitantes de la tierra.

Deja que el malo siga haciendo lo malo; y que quien tenga la mente sucia, siga haciendo cosas sucias. Al que haga el bien, déjalo que siga haciéndolo, y al que haya entregado su vida a Dios, deja que se entregue más a él. (Apocalipsis 22:11 TLA).

En resumen, recogemos lo que sembramos. El carácter permanece tal y como lo fuimos cultivando, independientemente de las circunstancias.

En segundo lugar, las Escrituras nos aseguran que Jesús, nuestro Mediador, “para siempre [griego: pantote] para interceder” (Hebreos 7:25, TLA). No hay necesidad de que tengamos por nuestra parte. Jesús sigue desempeñando su papel no sólo mientras nosotros vivimos, sino también mientras él vive. Eso no pone límite de tiempo a la obra de nuestro Señor por nosotros. No hay necesidad, por lo tanto, de tener miedo de estar “solo en casa”.

En tercer lugar, el pasaje ocurre en el último capítulo del Apocalipsis, después de que se supone que todos los acontecimientos del tiempo del fin han concluido y los santos están a salvo en la nueva tierra. No se puede hacer con integridad un comentario sobre algo que ocurre cerca de su comienzo.

Por muy esclarecedores que hayan sido los amplios escritos de Ellen White, como escritora inspirada ella a veces se equivocó. Como dijo de sí misma, sólo Dios es infalible.  “Acerca de la infalibilidad”, escribió en una carta a su sobrino, “nunca pretendí tenerla”.



Richard W. Coffen es vicepresidente jubilado de los servicios editoriales de la Review and Herald Publishing Association. Escribe desde Green Valley, Arizona.

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