By Daniel A. Mora

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André Reis publicó recientemente un artículo titulado “The Problem with the Day-Year Principle” [El problema con el principio día-año],[1] en el que expone tres argumentos críticos contra el método usado por los adventistas para interpretar las cadenas temporales en la apocalíptica. Dedicando especial atención a las “70 semanas” de Daniel 9:24-26, mediante el análisis sintáctico del vocablo hebreo shāvu’a y de algunas fuentes bíblicas, además de los escritos rabínicos y pseudo-epigráficos. Lo resaltante de la exposición –más allá de reciclar la argumentación preterista–, es la conclusión accidentada que termina fortaleciendo la conclusión adventista per se. En este sentido haré algunas observaciones a las propuestas o alternativa interpretativa presentes en el documento.

(1) ¿Qué legitima el método día-año? La primera línea argumentativa se sostiene sobre la hermenéutica, a criterio de André Reis, cualquier método que diga ser una herramienta para analizar o interpretar un texto bíblico, debe ser sustancialmente “coherente”. Es decir, “un principio hermenéutico” no puede sostenerse en el capricho de un colectivo, menos si son solo “pistas raras incrustadas en el texto, o mencionadas por testigos externos”.[2] De modo, que un mecanismo para validar la “consistencia” sería las “alusiones bíblicas internas […] la forma en que un autor cita directamente, alude verbalmente o simplemente hace eco de los pensamientos de otro autor”.[3]

Lo que deslegitima el principio día-año sería que los autores bíblicos y lectores originales no lo mencionaron explícitamente y por lo tanto al no haber ningún “ejemplo del uso de tal principio por los autores bíblicos” debe ser descartado. Sin embargo esta conclusión es cuestionable, por el sencillo hecho de que las Escrituras no presentan un manual teológico, menos los pasos para hacer un análisis exegético, tal y como lo practicamos hoy. Por ejemplo, el método del quiasmo no es mencionado por los autores bíblicos, tampoco existe una referencia explícita que lo exhiba o afirme su vigencia; sin embargo la estructura quiastica está presente en muchos textos bíblicos. De manera que la falta de mención explícita no es un argumento para descartar el principio del día-año, menos cuando los propios autores bíblicos extendieron periodos proféticos más allá de sus generaciones y otros las interpretaron en el sentido simbólico. En el caso de Daniel hubo profecías de tiempo que él propio profeta no entendió (Dan 8:15, 17, 27; 9:22-23; 12:8-9). Ni hablar de los lectores originales que tampoco entendieron a cabalidad todas las cadenas de tiempo profético, sino hasta que se cumplieron (Isa 45:1-3; Exo 29:28; 30:3-5 cf. Jer 29:10 y Dan 9:2; el caso de Esteban ante el Sanedrín, grupo de eruditos judíos que no entendieron las profecías mesiánicas).

Las alusiones bíblicas o marcadores textuales del libro Daniel, dan fuerza al simbolismo de las cadenas temporales en la profecía, y no como días o años literales:

(a) Cristo al hablar de la abominación desoladora (cf. Dan 9:27), la ubicó en un tiempo futuro al suyo: “…cuando veáis la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel, puesta donde no debe estar (el que lee, entienda), entonces los que estén en Judea huyan a los montes” (Mar 13:14 cf. Mat 25:5, 15-22). De esta manera, Jesús deslegitimizo la interpretación contemporánea que aplicó esa profecía a Antíoco IV en la época macabea (1 Mac 1:41-50, 57; 2 Mac 6:1-12) y afirmada por los zelotes, el grupo radical al cual perteneció el discípulo Simón (Luc 6:15; Hech 1:13).

(b) Juan en Apocalipsis hace una referencia textual y temática de “tiempos, tiempo y la mitad de un tiempo” (Dn 7:25 cf. Ap 12:14), única cadena que aparece en toda la Biblia. El texto griego tanto de Juan y la Septuaginta se correlacionan: ekei kairon kai kairous kai hēmisy kairou. Un poder que persigue a los santos, bajo los mismos esquemas de hostilidad.

Estas cadenas de tiempo fueron sacadas de sus épocas originales y aplicadas a tiempos que exceden un entendimiento “literal” y corto, como el que proponen los preteristas. Sean “3 años y medio”, “1.150 días literales” o “7 años”, sus cálculos tampoco figuran en ninguna parte de las Escrituras: ¿Existe algún autor bíblico que valide esta manera preterista de medir el tiempo en Daniel?, ¿Cómo podemos estar seguros de que el profeta Daniel realmente pretendía afirmar días o años literales y no cronologías simbólicas?; de hecho, la afirmación de Jesús sobre la abominación desoladora, cuyo cumplimiento es después de él, solo tiene sentido mediante el día-año.

Al parecer la argumentación para validar el método del día-año radica en cuan aceptado sea entre los exegetas preteristas y la “coherencia” hermenéutica que establezcan los académicos preteristas. Los mismos que cuestionan la paternidad literaria de Daniel, despedazan el libro y lo reducen a un simple documento fantasioso, lleno de profecías post-eventos. Parece que la sugerencia implícita sería adecuarnos a los métodos que están de moda, sin tener en cuenta los matices de estas propuestas sobre la apocalíptica.

(2) ¡La idea está en las Escrituras! La ecuación del día-año está presente en diferentes contextos bíblicos. En la mentalidad hebrea fue común asociar el plural “días” con “años” (Gn 5:3-5, hay unos 10 conjuntos de la nomenclatura: “vivió X años” y “fueron X días”;47:9; Nm 9:22; 1 Sa 1:21; 27:7; Jue 11:40; 1 Re 1:1),[4] y aplicar esta idea no es un invento de los adventistas; hace siglos es usado por estudiosos judíos y cristianos para analizar las profecías de Daniel.[5] Por ejemplo, la fiesta de la Pascua debía celebrarse “año tras año” (Exo 13:10 NVI), literalmente “días en días” (mîyāmîm yāmîmāh).

En Levítico 25 aparece el año sabático como parte de la legislación hebrea, aquí se emplea la ecuación día-año. De los seis años que la tierra era cultivada, se disponía un año sabático: “la tierra misma deberá observar un año de reposo (šāḇəṯāh) en honor al Señor” (Lev 25:2). La correspondencia de séptimo año se hace en base al sábado semanal, como observó William Shea: “Cuando esta última frase se repite en el v 5, la palabra para ‘año’ aparece en la misma posición que la palabra para ‘sábado’. De manera que las dos declaraciones se leen así: El 7mo. año… ‘será un sábado de reposo solemne para la tierra’ (v 4). ‘será un año de reposo solemne para la tierra’ (v 5)”.[6]

Al hablar de Números 14:34 y Ezequiel 4:5-6, André Reis afirma que en estos dos textos “no hay profecía en este pasaje, visión simbólica, no hay período de tiempo simbólico. Ambos datos son tramos literales de tiempo”.[7] La única manera en llegar a esta conclusión es negar los contenidos de estos textos bíblicos. ¿Cómo que no hay ninguna profecía?

(a) La rebelión de Israel en Canaán y el clamor contra la orden de YHWH para posesionarse de la tierra prometida, trajo como consecuencia el castigo divino. Dios toma otro curso de acción. Es aquí donde profetiza que tanto Caleb como Josué entrarán en la tierra prometida (Num 14:24, 30) y que la generación adulta que se rebeló contra Su designio no entraría a Canaán (Num 14:22-23, 29). Al contrario, Israel vagaría por el desierto 40 años, como extensión de los 40 días (Num 14:34). Lo que Dios profetizó en ese momento se cumplió literalmente y diferentes autores bíblicos vindican el contenido profético de la oración Divina en Números 14 (Sal 95:10; Hch 7:36; 13:8).

(b) En Ezequiel 4 se profetizó el asedio a Jerusalén, el profeta trasmite el mensaje por medio de símbolos y dramatizaciones, aquí los oráculos se cumplen. La caída de Israel tiene lugar en la historia y cada situación propia del asedio, la depravación del pueblo y la hambruna. Se impone el castigo mediante (Ez 4:5-6).

Tanto Números como Ezequiel profetizan partiendo del paralelismo de un año = un día, literalmente en ambos textos proféticos “día por año día por año: “yōwm laššānāh yōwm laššānāh” (Num 14:34 cf. Eze 4:6). Esta conversión es introducida por Dios en sus oráculos. El simbolismo representa un evento o acción concreta, tangible y literal per se. Los símbolos no anulan el contenido de la profecía, dado que esta sigue su curso histórico. Sin importar como fue trasmitido el mensaje (parábola, prosa, poesía, dramatización, retorica, etc.).

(3) El argumento accidentado sobre Daniel 9: La propuesta construida en el documento, se centra en un análisis sintáctico y concreto de Daniel 9:24a, sobre la frase que ha sido vertida por la mayoría de traductores bíblicos y especialistas como las “70 semanas”. En hebreo aparece como “šāḇu‘îm  šiḇ‘îm“, la traducción literal sería “setenta siete”; una cadena temporal con acciones concretas sobre la historia de Israel. Pero el problema está en la forma como André Reis traduce shāvu’a para convertirlo directamente en un periodo de “7 años”:

(a) La primera premisa reclama la importancia del “contexto” donde Gabriel explica la visión. Y da por sentado que esto no tiene “nada simbólico” sino literal, sin aportar ninguna alusión bíblica. Daniel 9, contiene diferentes marcadores textuales que André Reis pasa por alto: “terminar la prevaricación (ppeša) y poner fin al pecado (ḥaṭṭāṯ)”, “expiar la iniquidad (‘āwōn), para traer la justicia perdurable (ṣeḏeq)”. Estas cláusulas están conectadas directamente con la venida del Mesías (māšîaḥ), profetizada desde el AT (Sal 25:7; Isa 53:11; 56:1; 59:20; Jer 23:5-6) y aplicadas incondicionalmente por los autores del NT a Jesús (Mt 1:21; Ro 5:10; 1 Co 1:30; Heb 9:26). Sin dejar a un lado la conexión que mantiene con el Mesías ungido que luego es asesinado violentamente por otros (Dn 9:25, 26). Es decir, shāvu’a esta delimitado por estos diferentes marcadores que abarcan hasta Cristo.

(b) La segunda línea afirma que “los judíos pensaban en un período de 7 días tan fácilmente como pensaban en un período de 7 años”,[8] lo mismo se puede decir del pensamiento hebreo sobre el día por año (Lev 25:8). Aunque, para evitar la idea de conversión André Reis vuelve a forzar el silencio: “no fue necesaria ni atestiguada ninguna conversión en la Biblia o en la literatura judía”.[9] Lo verdadero es que la conversión en la Biblia se da por sentado y fluye de forma natural, en los diversos ejemplos aportados. Para que los judíos pensaran en que 7 días pueden equivaler a 7 años, hay un proceso de conversión, no surge del vacío cultural, religioso, social o escritural.

(c) La semana hebrea es un periodo de 7 días, que precisamente es shāvu’a, esa es la semana del AT: “Cumple la semana (shāvu’a) de ésta, y se te dará también la otra, por el servicio que hagas conmigo otros siete años (šeḇa‘ šānîm)” (Gn 29:27). La traducción correcta es “semana” y no “siete (7)” como un dato numérico. Aunque, šeḇa‘ por sí solo se traduce siete (7) y es la raíz de shāvu’a, la diferencia está en que el uno designa número o cantidad abstracta mientras que shāvu’a solo designa un periodo de tiempo, en este caso 7 días (Gn 29:28; Ex 34:22; 28:26; Lev 12:5; Nm 28:26; Dt 16:9, 10, 16; 2 Cro 8:13; Jer 5:24; Dn 9:24, 25, 26; 10:2, 3). De hecho la fiesta de la Pascua no es traducida como “la fiesta de los 7”, sino “fiesta de la semana”.

(d) El tercer punto es que Daniel estaría haciendo una distinción entre semana de años (9:24) y semana de días (10:2, 3).[10] Aunque ambas frases usan el plural šāḇu‘îm, en Daniel 10:2, 3 aparece la palabra “días (yāmîm)”. La afirmación es puramente especulativa, dado que la palabra “años” no aparece en Daniel 9:24. El sustantivo yāmîm (días) está subordinado a šāḇu‘îm, no está en relación constructo por lo tanto debe ser traducido “tres semanas” y no como “tres semanas de días”.

Estas formas pleonásticas son comunes en el AT, yāmîm se usa en muchos casos como un modismo para resaltar que el periodo descrito duro el tiempo señalado (Gn 41:1; Dt 21:13; 2 Sa 13:23; 14:28; Jer 28:3, 11). De modo que Daniel 9:24 debe ser traducido “70 semanas”, al igual que el cp. 10:2, 3: “semanas”.

(e) La conclusión de que shāvu’a, la semana de 7 días que equivale a “7 años literales”, termina fortaleciendo al principio del día-año. André Reis no tomó en cuenta el término šiḇ‘îm que significa 70. La fórmula sería 70/7 años, lo que nos da al final= 490 años. La única diferencia entre esta conclusión accidentada, es que los intérpretes adventistas concuerdan con la mayoría de traductores bíblicos en que šāḇu‘îm šiḇ‘îm son 70 semanas simbólicas, es decir 490 años. Mientras que Reis lo hace directamente sin pasar por la conversión dia-año. Básicamente la crítica ha aportado otra manera de llegar al cómputo de 490 años (creo que inconsciente). Eso sería lo único novedoso, el resto son teorías preteristas recalentadas.

Conclusión

Los supuestos “problemas” del principio día-año, no tienen ningún fundamento bíblico. Las premisas preteristas terminan creando problemas con la misma naturaleza del texto profético, cuyas profecías terminan teniendo sentido y aplicabilidad mediante el símbolo de las cadenas temporales. Suponer que las profecías de Daniel incluyen al pigmeo histórico Antíoco IV y no a la figura central de las Escrituras, esto es Jesucristo, demuestra la irrelevancia teológica de las premisas preteristas.


  1. Daniel A. Mora, escritor FreeLance y formado en teologíaAndré Reis, “The Problem with the Day-Year Principle”, Adventist Today, https://atoday.org/the-problem-with-the-day-year-principle/#post-53911-footnote-1 (consultado: 30 de octubre, 2019).
  2. Ibid.
  3. Ibid.
  4. William Shea, Estudios selectos sobre interpretación profética, vol. 1 (Brasil: Edición SALT), 67.
  5. Gerhard Pfandl “In Defense of the Year-day Principle”, Journal of the Adventist Theological Society, vol. 23, no. 1 (2012): 14-16.
  6. Shea, 71.
  7. Reis, “The Problem”.
  8. Ibid.
  9. Ibid.
  10. Ibid.

Daniel A. Mora estudió teología en el Seminario Adventista del Séptimo Día en Venezuela. Es uno de los editores de Apartadas para el Ministerio: Perspectivas bíblicas sobre la ordenación (Set Apart for Ministry: Biblical Perspectives on Ordination).

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