por Lawrence Downing  |  3 de diciembre de 2021
traducido por Daniel A. Mora, Editor para AToday Latin-America

English version here.

En el número del mes octubre de 2021 de la revista Ministry, encontré un artículo de Larry Yeagley donde aborda un tema demasiado a menudo minimizado o que se ignora. En su artículo, “Pintando fuera de las líneas: Frenando el éxodo de los pastores”, Yeagley presenta su habitual análisis sensible, crudo y reflexivo de la situación actual del ministerio en la Iglesia Adventista del Séptimo Día, y proporciona sugerencias específicas que creo que tienen potencial para frenar el flujo de pastores que toman el camino al éxodo.

Yeagley señaló que muchos de los pastores que conocía daban la impresión de ser hombres amenazados para lograr los objetivos de la organización y promover los programas de la Asociación. Señaló que varios de los mejores pastores habían renunciado para aceptar trabajos en instituciones adventistas de salud.

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Pero, Yeagley sugiere cuatro cosas que, en su opinión, ayudarían a mantener a los pastores con energía para seguir en el ministerio pastoral: libertad para innovar, formación continua, aprender a delegar y participar en eventos de la comunidad en la que se vive, como la Asociación Ministerial.

Las recomendaciones de Yeagley son excelentes puntos de partida. Sin embargo, creo que hay más que decir. Como alguien que ha pasado décadas ministrando en el distrito, he identificado algunos problemas fundamentales que alejan a los pastores del ministerio pastoral.

Creencias obsoletas
Los pastores exitosos con los que he hablado confirman que están decepcionados y frustrados con aquellos líderes administrativos de la iglesia que se aferran al pasado, para promover creencias que en esas épocas tenían un lugar importante en los intereses teológicos de la gente, y que en la actualidad no deberían serlo. Pensemos, por ejemplo, en las 2.300 tardes y mañanas, ya que están vinculadas con el fin de los tiempos; la creencia del juicio investigador, la cronología corta de la tierra, las actitudes hacia la comunidad LGTBQ+, y la oposición a las mujeres en el ministerio.

Cuando hablo con pastores jóvenes, les oigo decir que ven que la iglesia tuerce las Escrituras para que digan lo que los líderes de la denominación desean que diga, en lugar de dejar que la Biblia hable por sí misma. Ven que las ideas promovidas por los líderes de la iglesia están en conflicto tanto con la ciencia como con la investigación teológica. Así que el pastor se enfrenta a un dilema. ¿Debo seguir las declaraciones sin fundamento de la iglesia que niegan la ciencia?

Compromiso ético

El énfasis de nuestros pioneros en las interpretaciones proféticas nos ayuda a entender el sistema de creencias adventista. Pero en nuestro mundo contemporáneo parece que se hace más hincapié en los desafíos éticos. ¿Cómo puede la iglesia superar eficazmente la polarización que divide a nuestra sociedad y sus instituciones? ¿Cómo podemos mejorar nuestras relaciones interpersonales y restaurar familias y matrimonios fracturados? ¿Cómo podemos mantener y hacer crecer las vidas espirituales que son bombardeadas por una sociedad cada vez más secular? ¿Cómo pueden los cristianos relacionarse y prosperar en un sistema económico inestable? ¿Cuál es el papel de la iglesia a la hora de abordar las frágiles estructuras sociales de nuestra sociedad, incluyendo cosas como la falta de vivienda?

Los pastores de hoy en día se ven invitados a formar parte de la conversación, ya que sus feligreses luchan con asuntos que tienen más en común con las preocupaciones sociales y de la sociedad, en lugar de la teología y la doctrina. Una encuesta entre los pastores más jóvenes podría confirmarlo. ¿Los jóvenes se dedican al ministerio como profesión para proclamar la doctrina o para ayudar a la gente a llevar una vida más productiva? Si se trata de esto último, los administradores de las iglesias están tomando un camino equivocado si siguen haciendo hincapié en la doctrina.

Creo que los pastores consideran que su vocación es comprometerse con sus feligreses y su comunidad para dar una respuesta a los problemas reales del siglo XXI. Para que los pastores jóvenes sigan comprometidos con su trabajo, el reto de la iglesia es equiparlos para que sean eficaces en un papel que ha llevado a la iglesia a zonas inexploradas del pensamiento y la práctica social teológica.

Escuchar a las próximas generaciones

Me gustaría que nuestros líderes eclesiásticos escucharan realmente a los pastores más jóvenes. Asegurarles que lo que se discute es confidencial. Entonces, sólo escuchen.

No se sorprenda al ver como un número significativo de pastores cuestiona la cronología del tiempo de milenios de la tierra. Que la mayoría afirme que las mujeres son colegas ministeriales iguales a ellos. Que muchos están abiertos hacia la comunidad LGBTQ+, y se ponen de su lado contra las declaraciones de los administradores de la iglesia en el reciente Concilio Anual de la Asociación General.

También es posible que muchos pastores jóvenes cuestionen o incluso rechacen las interpretaciones proféticas tradicionales que durante mucho tiempo les sirvió a los evangelistas. Se preocupan cuando los administradores de la iglesia tocan el tambor escatológico para agitar a las personas.

La lista de prácticas arcanas y doctrinas problemáticas podría ampliarse, pero el lector entenderá el punto: ¡hay problemas en la ciudad santa y esos problemas no desaparecerán pronto! Lo que sí desaparecerá es el número de personas capacitadas que permanecen en el ministerio pastoral, o que quieren entrar en él.

¿Terminar la obra?

Mi esposa, Arleen, testificará que, a lo largo de los años, escuchó en numerosas ocasiones mis amenazas de unirme al éxodo de los pastores, casi siempre después de soportar lo que se denominaba eufemísticamente “reuniones de trabajo”.

Las reuniones ministeriales suelen ser las ocasiones para que los departamentales presentaran sus últimos programas de como “terminar la obra”. Cada director de departamento (y todos eran hombres) acudían con su último truco publicitario y su eslogan creativo. Estos modismos o mitos ocupaban el centro del escenario, y cuando servían al propósito del que los creo, o éste se iba, los lemas y los materiales que había creado el departamental caían en el olvido. Con demasiada frecuencia, algunos opinamos que el nuevo e ingenioso programa “terminemos la obra” podría titularse mejor como “haz la obra”.

El lema actual de “Terminar la obra” es “¡Yo iré Señor!” promovido por el presidente de la Asociación General, Ted Wilson. Me temo que generará una respuesta que probablemente no sea su intención: Me temo que los pastores jóvenes responderán: “Claro que yo me iré. Me largo de aquí”.

¿Cómo me quede?

Conseguí continuar mi carrera ministerial durante más de 40 años en el distrito, hasta mi jubilación. ¿Cómo, si había un conflicto tan evidente, seguí adelante?

Lo hice haciendo un cambio mental y psicológico. Me vi trabajando para la gente de mi distrito, no para la Asociación. La Asociación era el mecanismo mediante el cual podíamos sobrevivir económicamente en el distrito.

Cuando me sentía al límite, cuando las disonancias se multiplicaban, compartía con Arleen la agitación que albergaba en mi alma, y le decía que era hora de seguir adelante, de unirme al éxodo. Ahora tenía algo que muchos pastores no tenían: Tenía acceso a una empresa familiar establecida y próspera a la que, como propietario en igualdad de condiciones, podía incorporarme a voluntad. Si había una amenaza por parte de las autoridades eclesiásticas, un conflicto que cruzara mi zona de tolerancia, podía seguir el lema del pastor Wilson: ¡podía irme!

Arleen no discutía conmigo. Me escuchó. Tampoco se unió a mi autocompasión. Se limitaba a decir: “Bueno, tal vez sea hora de pensar en una carrera diferente”.

Esa simple afirmación era suficiente para sacarme del camino de la angustia y redirigir mis pensamientos hacia los privilegios de la vida y la carrera de un pastor. Recordaría que, como pastor, se me confió un acceso único a la vida y los pensamientos de una persona. Esa confianza permite a un pastor relacionarse con la gente de una manera que pocos pueden. Su aceptación de mi frustración me ayudó a centrarme y reconocer que se me había confiado un gran producto para ofrecer a la gente: la buena noticia de que Dios ama a las personas y, por razones que no podemos comprender, quiere que formemos parte de la familia celestial. ¿Cómo puede haber algo que supere esto?

Confieso que la contemplación de mi huida me llevó emocionalmente a numerosos puntos bajos y permitió que las frustraciones se resolvieran por sí solas hasta que la crisis se disipó. En las profundidades de alguna parte aislada de mi cerebro se trasladaban mis miserias acumuladas, y una nueva luz volvía a brillar. Y en una carpeta de archivos caería mi última carta de dimisión, y me dedicaría a preparar el sermón del próximo sábado.

No es que todas las irregularidades y asuntos burocráticos estuvieran resueltos. En absoluto. Pero contemplar la posibilidad de irme me ayudó a apreciar el trabajo que estaba haciendo.

Responder a la crisis

Todavía queda el reto de adaptarse a una sociedad dramáticamente confusa y cambiante, a la percepción cambiante de las expectativas que la gente tiene de la religión, la iglesia y la integridad.

El virus Covid, que cambiará a la Iglesia de una forma que no podemos predecir, complica aún más la situación. Es muy posible que, como resultado de esto, toda nuestra sociedad, incluida la iglesia, no vuelva a ser la misma. Aquí el ministro del distrito se enfrenta a un desafío que no se ha visto en mi vida. Queda por saber cómo responderán los líderes religiosos a esta crisis, cómo dirigirán sus recursos para superar las realidades que forman parte de la vida del siglo XXI. ¿Pueden los pastores y los líderes eclesiásticos rescatar a la iglesia para que sirva a otra generación?

El reto para los líderes confesionales es escuchar y conocer a quienes ejercen el ministerio en una sociedad dinámica y siempre fluida. Es importante iniciar y mantener una conversación con quienes mantienen puntos de vista alternativos, y aceptar a estas personas como miembros de la familia de Dios. En la familia del Señor, la relación y la aceptación de todos los hijos de Dios tienen prioridad sobre las declaraciones teológicas o la tradición religiosa.


Lawrence Downing, D.Min, es un pastor jubilado que ha servido como instructor adjunto en la Escuela de Negocios y la Escuela de Religión de la Universidad La Sierra, y en el Instituto Internacional Adventista de Estudios Avanzados en Filipinas (AIIAS).

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